Miscelánea

En la época actual y en cuanto al conocimiento se refiere, estamos en un movimiento oscilante entre la especialización y la ignorancia supina. O lo que es lo mismo, están los que saben mucho de algo y poco de casi todo y los que no saben nada de nada. Claro, que siempre nos quedará una rendija por la que entre el sol de los que intentan, y a veces consiguen, saber mucho de todo.

Alguna vez he hablado en esta columna de Peter Watson, un historiador de las ideas que, aparentemente, sabe mucho de muchas cosas. Hoy les traigo a otro, más conocido y quizás hasta mejor: Bill Bryson. Su último libro “En casa. Una breve historia de la vida privada” nos ofrece el mejor ejemplo de la miscelánea, ese género literario que sirve de cajón de sastre para contenidos muy diversos y a veces difícilmente relacionados entre sí.

Bryson no es ningún desconocido en el mercado editorial español. En prácticamente todas las librerías decentes se puede encontrar su “Breve historia de casi todo”, un libro que ganó decenas de premios por su esfuerzo en el siempre difícil arte de la divulgación científica. La obra, a pesar de rozar las 700 páginas, nos desfallece ni un segundo y va desde el Big Bang y la formación de la Tierra hasta el funcionamiento de las bacterias que producen la fascitis necrotizante, una de esas enfermedades que de convertirse en epidémica nos obligarían a pensar en cómo salir de este retorcido planeta en el que vivimos (algunos) y sobreviven (muchos).

Con su éxito editorial suponemos que Bryson es rico. Quizás gracias a ese dinero ha llegado a sus manos el lugar en el que vive actualmente, una rectoría anglicana cerca de Norfolk, con su jardín, sus habitaciones para los criados, su salón ciruela y, según los proyectos originales de un tal Edward Tull, un retrete en medio de las escaleras. El plan de Bryson en este libro es aparentemente sencillo: pasar una a una por las estancias de la vieja rectoría y hacer la historia en profundidad de cada una de ellas.

Como siempre, y siguiendo un corolario de la ley de Murphy, nada es tan sencillo como parece a primera vista. Y menos con Bryson. ¿Cree usted que la construcción del Crystal Palace en Londres no tiene nada que ver con la vida privada? Craso error. ¿Y la construcción del canal entre New York y el lago Erie y de cómo un tal Canvass White descubrió el mejor cemento hidráulico para ella? ¿Puede esto tener algo que ver con la construcción del sótano de una rectoría inglesa? No, desde luego, dirá cualquier lector avisado. Meec. De nuevo ha fallado. Bill Bryson es al mismo tiempo Dédalo y Ariadna: construye el laberinto y nos da el hilo para salir de él. Eso sí, aplicando las convenientes dosis de paciencia.

No se me asusten, no todo es tan abstruso y difícil de seguir como esto que acabamos de explicar. Las habitaciones que antiguamente fueron destinadas al servicio dan la oportunidad al autor de destacar antiguas desigualdades e incluso de inmiscuirse con cierto grado de delectación en el submundo de la pobreza que generó la Revolución Industrial en ciudades como Manchester o Londres. Con la cocina vemos una breve historia de la comida, de su conservación en hielo y jugosas anécdotas sobre el perímetro abdominal de algunos monarcas británicos, cuyos retratos no les hacen justicia en absoluto (véase el caso de la Reina Ana).

Lean a Bryson. Es instructivo y muy entretenido. Cuando acaben con este, lean “Una breve historia de casi todo” o, ahora que ya hay que empezar a pensar en regalos, cómprelo para alguno de esos chicos despectivamente conocidos como “gafapastas”. Verán el éxito. Es lo que tienen los libros bien escritos

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