Alcibíades de papel

La enseñanza de la literatura griega y la filosofía va de capa caída de un tiempo a esta parte, así que titular un artículo con el sonoro nombre del estadista y orador “Alcibíades” tenemos que explicar algo sobre él. Solo nos remitiremos, y brevemente, a los diálogos platónicos “Apología” y “El Banquete”. En el primero, brilla su ausencia: Sócrates, encerrado y a punto de beber la cicuta, reniega de sus discípulos, entre los que se encontraba el general, desertor a Esparta durante las Guerras del Peloponeso; en el segundo, Alcibíades aparece como enamorado del mismo Sócrates y como un reconocido bebedor.
Christopher Hitchens es el Alcibíades de la prensa del siglo XXI (y buena parte del XX): se ha relacionado con personalidades importantes (W.H. Auden, Edward Said, Martin Amis), ha cambiado sus lealtades en algunas ocasiones y ha demostrado ser un bebedor consumado según todos los testimonios que hay sobre él, algo que quizás haya contribuido a un prematuro cáncer de esófago que es posible que lo lleve al Tártaro (si tal lugar existiese) antes de la jubilación. Por añadidura, de Vietnam en adelante ha estado en todos los conflictos habidos y por haber, de Irlanda a Eritrea pasando por Bosnia. La editorial Debate ha publicado las memorias de Hitchens, éxito restallante en Estados Unidos, cuyo título “Hitch-22” es un homenaje a Joseph Heller y su novela “Trampa-22”, de la que algún día les hablaré en el blog sito en la web de este mismo periódico.
Hitch es, desde luego, un tipo polifacético. De Oxford en adelante, fue siempre un activista político, experto en PPE (siglas inglesas para Política, Filosofía y Economía) para el que los grandes medios no fueron más que eso, medios para mostrar el vigor de su pluma y unas ideas que, en épocas pretéritas, frisaban con el laborismo e incluso el comunismo y que después han cambiado a un aparente rechazo del totalitarismo en todas sus formas, excluyendo, claro está, el totalitarismo americano.
Cuando Hitch se enfrenta a alguien… mejor agarrarse bien porque vienen curvas. Henry Kissinger (el más ignominioso Nobel de la historia) ha adquirido fama de personaje sin escrúpulos e incluso de genocida gracias a él. Bill Clinton prefirió destapar toda la verdad sobre el caso Lewinsky casualmente el día antes de que Hitch fuese llamado al Senado a contar lo que sabía en medio del segundo proceso de “impeachment” llevado a cabo contra un presidente de los USA. El mismo Dios no debe de tenerlas todas consigo desde que él y su íntimo, el biólogo oxoniense Richard Dawkins, han decidido dar a la gente argumentos para luchar contra él que no se veían desde Feuerbach y David Strauss.
Pero en 2003 todo su progresismo se vio eclipsado por su apoyo a la guerra de Irak y en particular a un halcón como Paul Wolfowitz (si no lo tienen en la cabeza revisen el documental sobre el 11-S de Michael Moore). Su argumento: era justo acabar con Saddam. Ya lo era en 1991. También durante los 80, cuando aprovechó la guerra contra Irán para gasear a los kurdos. Alguien tan inteligente como Hitch olvidó que cuando se está jugando con las vidas de miles de personas no solo hay que tener un “qué” justo, sino un “por qué” justificado (y en estas Memorias de un defensor de Bush tampoco encontramos ni rastro de las famosas armas de destrucción masiva) y un “cómo” adecuado, no en manos de Donald Rumsfeld, Halliburton y demás asuntos turbios.
El prestigio de Hitchens en USA no se ha desvanecido, como demuestra el éxito de esta obra y su rápida traducción a un mundo en el que el autor comienza a ser conocido.

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