Una perspectiva de lo cultural

¿Qué es la cultura? Una pregunta que tortura a todos los lectores, escritores, críticos y en general miembros de una determinada rama productiva de la sociedad. No, no esperen respuestas por mi parte aunque podría dar dos, una de carácter más abierto y otra mucho más restrictiva. No es este el lugar para responder. Lo único que puedo afirmar más allá de toda duda razonable es que la conformación de un concepto determinado de cultura exige la posesión de una cosmovisión (la que sea) y una capacidad para el análisis de los elementos que rodean a los fenómenos culturales.

Herbert Read lo entendía así, por eso la colección de ensayos que Cátedra reúne ahora bajo el título “Al infierno con la cultura” trata de materias muy diversas y no siempre en exclusiva sobre arte. De hecho es un libro más político que muchos de aquellos que dicen tratar de la res pública y se limitan a historiarla de manera parcial y/o inconsistente.

Read era un anarquista y tenía un concepto de democracia muy alejado de Platón, Montesquieu, Tocqueville o Popper por citar cuatro autores que han tratado el tema y le han dado una perspectiva muy diferente. Su arte democrático no es, por lo tanto, un arte burgués sino uno próximo a las ideas soviéticas y chinas. He dicho próximo, no idéntico. El anarquismo no es ni marxismo ni una derivada de éste. Tomemos por ejemplo la siempre espinosa cuestión del genio y sus condiciones sociales. Read reconoce la importancia de las condiciones socioeconómicas y de entorno imaginativo para el desarrollo de una determinada imaginería: no es difícil explicar cierta parte de Shakespeare, verbigracia, si estudiamos el periodo isabelino inglés. Pero, una vez hecha esta explicación parcial topamos con un obstáculo insalvable: ¿cómo explicar la individualidad que ha hecho que Shakespeare sea “el inventor de lo humano” (H. Bloom dixit) y Ben Jonson un dramaturgo solo conocido por algunos ingleses y personal especializado? La posición excéntrica del genio es inexplicable para el materialismo. Lo malo es que también resulta particularmente difícil de explicar para el propio Read, que por lo menos reconoce una centralidad artística en la actividad de esas mentes prodigiosas.

El ensayo que da título a la obra contiene las explicaciones del crítico británico a dos cuestiones más: la de la proporcionalidad y la de la belleza en la obra de arte. Sobre la primera, recuerdo una cita del escultor renacentista Ghiberti extraída de la imprescindible “Historia de seis ideas” de W. Tatarkiewicz: “la proporcionalità solamente fa pulchritudine”. Se relacionan en ella proporción y belleza. Read aparece sorprendentemente como un defensor del apriorismo de las formas en el ámbito de la cultura. Por decirlo en román paladino: resulta extraño que un crítico tan revolucionario considere tan a la ligera la posibilidad de que “determinadas proporciones en la naturaleza” sean “correctas”, en un concepto de lo bello que se aproxima más de lo debido a lo fisiológico.

Claro, que pocas páginas después encontramos, según se quiera ver, el equilibrio o la contradicción (en crítico tan fiable yo apostaría por lo primero). La belleza se desplaza al campo de lo “adecuado” y lo “funcional”: no existe el valor estético en realidad sino que cuando un objeto es hecho con técnicas y materiales adecuados y cumple su función ya es una obra de arte. El problema de esta concepción irrestricta es que resulta un poco extraño ir viendo por la Rúa Nova (o cualquier calle de esta nuestra ciudad que usted prefiera, amable lector), llaves, vestidos de novia, zapatos o mecheros que se conviertan en arte.

No se queda aquí Read: democracia, totalitarismo, pornografía en el arte, mecenazgo y patronazgo. Todo circula por sus inteligentes páginas. Las páginas de un libro que da respuestas. La belleza es un “vano fantasma de niebla y luz”, que diría Bécquer. Intenten apresarla en la escritura de un crítico lleno de lucidez.

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