Punto de partida

Hagan memoria. Seguro que la recuerdan. A pesar de que Tom Cruise es un actor nefasto y de que su puesta en escena indignó a los que todavía mantienen viva la llama de aquellos héroes, copó revistas y periódicos. Me refiero a la película “Valkyria”. En ella el mentado ex novio de Penélope Cruz (a falta de méritos interpretativos vamos con los personales) interpreta a Claus von Stauffenberg, un miembro de la más alta y rancia nobleza católica alemana, que el 20 de julio de 1944 aprovechó su cercanía a Hitler para colocar un maletín con una bomba a los pies de su escritorio. A pesar de no ser, ni mucho menos, un demócrata convencido, estaba seguro de que obraba rectamente al intentar aniquilar a semejante enemigo de la Humanidad y de Alemania. Cuando fue fusilado, pocas horas después, dejó una frase para la historia: “¡Larga vida a la Alemania secreta!”.

Esa frase significaba poco o nada para un lector español hasta hace nada. Era así porque los hados literarios se habían conjurado para evitar una traducción reciente y asequible de la poesía de Stefan George, el creador de esa noción de “Alemania secreta”, sacerdote de una congregación laica de escritores e intelectuales, muñidor de un círculo de sabios que dirigió la vida cultural alemana durante prácticamente cuarenta años, hasta el advenimiento del nazismo. Con la traducción de Carmen Gómez García en la editorial Trotta se hace justicia a un poema fenomenal y se deja el campo de las injusticias literarias cada vez más despejado. Ahora solamente falta que alguien dedique su valioso tiempo a ofrecer una traducción de la “Jerusalén liberada” de Torquato Tasso para que los eruditos nos demos por satisfechos por este 2011. Quizás sea mucho pedir.

Traducir a Stefan George no es tarea fácil y por eso es de justicia reconocer el mérito. Siempre queda la duda de qué podrían haber hecho Miguel Sáez o Reina Palazón con su poesía, pero el trabajo de Carmen Gómez es excelso. Demasiado pedir para los editores hubiese sido que adaptasen la tipografía de la obra a las especiales selecciones del vate germano. Tampoco vamos a pasarnos con la exigencia y pedir que de una vez por todas Trotta abandone la costumbre de, en las ediciones bilingües, colocar el texto de partida en la parte inferior como especie de nota al pie, lo que estorba la comparación y, en este caso, elimina ciertas particularidades organizativas de la poesía de George.

Temáticamente no es fácil hacer un resumen de la obra. El poeta nacido en las orillas del Rhin es hermético, muy complejo. Desde el principio renuncia a toda puntuación y al uso de las mayúsculas (fundamental en alemán). Su uso del guión, que recuerda al de Emily Dickinson, le da un ritmo peculiar a su poesía. En su juventud se muestra como un prefigurador del expresionismo, incluso de un poeta de vanguardia como Celan. Pero poco a poco, en “El séptimo anillo” o “El nuevo reino” alcanza una pureza temática y expresiva que recuerda al último Juan Ramón, salvando los coletazos que en el poeta de Moguer dejó su pasado modernista. La religión siempre está presente en su poesía, con un cierto deje católico pero con la poesía siempre en el centro, en una especie de deísmo literario-personal muy atrayente.

El amor no es tema fundamental. Como en el caso de otros poetas, se ha hablado mucho de las inclinaciones homosexuales de George, pero no estamos ante un Whitman o un Lorca. En “La estrella de la alianza” vemos al George más amoroso, en pocas ocasiones erótico, pero siempre intenso en sentimientos. Ya saben, sin caer en el pesado sentimentalismo.

Hasta aquí la realidad de una antología que apenas supera las doscientas páginas. A partir de aquí el deseo de que sea solo un punto de partida, de que un poeta como éste reciba la atención que merece y vea, por ejemplo, su producción completa traducida. Sería una magnífica señal para la lírica traducida en España.

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