El arte de la brevedad

Se ha convertido en un lugar común de la crítica literaria el afirmar que escribir un buen cuento es mucho más difícil que escribir una buena novela. A pesar de mi tarea de crítico, no soy capaz de localizar el inicio de tal aserto. Eso sí, recuerdo haberlo leído en alguna conferencia de Julio Cortázar, maestro de ambas artes y por lo tanto opinión autorizada. Resulta evidente que la novela ofrece momentos de reposo, de excurso en el que mostrar el resultado de un buen trabajo de documentación, de detención en los acontecimientos en los que brilla el discurso y el lector puede llegar a aburrirse. Todo eso es imposible en la mayor parte de cuentos. Y mucho más difícil en los cuentos breves.

Porque sí, no todos los cuentos son breves. Algunos rozan la novela en cuanto a su complejidad y longitud (entendiendo novela en el sentido antiguo e italiano del término). Algunos de los de Dinesen, de los que hablábamos la pasada semana, podrían acercarse a las setenta páginas en edición de bolsillo. El cuento breve exige la tensión y la concentración máximas. Hasta el más breve de todos, esa pieza maestra de Augusto Monterroso y que reza: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Ahora la editorial Cátedra, en su colección “Base” nos ofrece una antología de “Cincuenta cuentos breves”, completada con un breve análisis de cada uno de ellos que hace que la obra sea especialmente adecuada para que alumnos de secundaria o primer curso universitario se familiaricen con el mundo de la narrativa corta.

En un libro como este lo más importante es la selección. Los editores han puesto como límite ocho páginas para el cuento más largo, si bien la mayoría son mucho más cortos. Esta longitud hace imposible la inclusión de maestros del género como Borges, Flannery O´Connor o Eudora Welty, cuyas obras sobrepasan, a veces con mucho, las ocho páginas. Los clásicos del siglo XIX (Poe, Chejov, Maupassant) son mejor tratados que los del XX. Con Chejov no era demasiado difícil: es un maestro del cuento corto; de Poe se escoge “El corazón delator” y no hay demasiadas dudas, si bien podría añadirse el encantador “Hop-Frog”; Maupassant tiene piezas de diversa longitud, aunque las mejores son sus cuentos de misterio y estos son un poco más largos. En los autores decimonónicos podrá descubrir el lector a un Ambrose Bierce casi inédito por estos lares, cuyo “Diccionario del Diablo” es una maravilla y que aquí aparece representado por el truculento y majestuoso cuento “Aceite de perro”.

Conforme avanza la obra comienzan a desaparecer los autores en otras lenguas y los editores se centran en lo español e hispanoamericano. Parece bastante incomprensible que el último relato en inglés incorporado sea uno de Katherine Mansfield (eternamente sobrevalorada). Se echa de menos a un Ernest Hemingway cuyo “Colinas como elefantes blancos” se desarrolla en España y que es pieza maestra del diálogo. Tal vez Nabokov o Scott Fitzgerald hubiesen sido buenas elecciones. Alguna pieza de “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino sustituiría a la perfección a un aburrido Luis Mateo Díez, al que le falta precisamente tensión. E incluso dentro de lo Sudamericano se encuentran flagrantes omisiones: Horacio Quiroga, Cortázar y su “Casa tomada”, Carlos Fuentes y su “Chac Mool” y Augusto Monterroso y alguno de sus microrrelatos más irónicos (mención especial para “La oveja negra”). A cambio siempre tiene su interés encontrarse con Felisberto Hernández o Luis López Nieves.

Breves también son los comentarios finales que ilustran críticamente las narraciones. Esa limitación de espacio hace que no puedan ser demasiado profundos, si bien en ocasiones esto se compensa con el hecho de que sea el autor quien comente su propio cuento, como es el caso del académico José María Merino. El hecho de que el libro esté dirigido a un público en vías de iniciación en el género lastraría comentarios más profundos. Sea como fuere, recordemos que las mejores esencias vienen en tarros pequeños. Abramos nosotros este tarro de letras breves.

Un comentario en “El arte de la brevedad”

  1. Miguel Díez R. Comentó:

    Soy antólogo, con Paz Díez Taboada, del libro que ud. amablemente comenta, “50 cuentos breves” de la Editorial Cátedra. Le agradecemos sinceramente su comentario. Tiene razón al señalar la ausencia imperdonable de cuentos breves de autores tan importantes como Hemingway, Quiroga, Calvino, Cortázar… y de más autores ingleses. Durante tres años seleccionamos de entre cientos de cuentos, 100 relatos breves que iban a formar la antología inicialmente prevista. Sin embargo, las dificultades insavables de todo tipo y no sólo pecunarias, para conseguir el permiso de publicación, provocaron que nos tuviéramos que restringir a los actuales 50 cuentos, incluso añadiendo más cuentos de dominio público. Tuvimos, por tanto, que desechar muchos de los autores muy importantes, tan acertadamente señalados por ud. Después de esta experiencia, en parte fallida, estamos preparando un artículo para “letralia” -tal vez la mejor revista digitalizada en español- en el que indicamos el URL en Internet de los 50 cuentos no publicados, pues resulta que todos ellos se encuentran en ese territorio de libertad sin límites que es la Red de Redes. Nos hemos prometido nunca más publicar antologías de cuentos en papel -tenemos varias- y centrarnos en Internet. Le reitero mi agradecimiento por haber tenido en consideración nuestro trabajo, por desgracia y en parte frustrado, y perdone este pequeño desahogo.

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