La suerte y la batalla

El último día del febrero pasado falleció Frank Woodruff Buckles. Creo que a nadie le dirá nada este nombre. A mí tampoco me lo decía hasta que el amigo que me lo comentó se explayó un poco más. Era el último americano vivo que había participado en la Primera Guerra Mundial. Y el penúltimo hombre vivo que había entrado en combate. Al último, Claude Stanley Choules, no le queda ya mucha cuerda: tres días después de la muerte de Buckles cumplió 110 años. Su autobiografía se titula “El último de los últimos” y se publicó en 2009. No imagino título más acertado.

Con la ya fácilmente predecible muerte de un hombre tan mayor se perderá la memoria personal de esa guerra. En ese momento, cuando faltan ya los vivos, es el momento de entregarse a los libros. El último que merece la pena sobre este tema se debe al escritor sueco (y Secretario Perpetuo –a pesar de su juventud– de la Academia Sueca de Escritores, que otorga el Nobel) Peter Englund y ha sido traducido por la Editorial Roca bajo el título “La belleza y el dolor de la batalla”. El título, del que el editor y el traductor no tienen ninguna culpa, no me parece lo más acertado de la obra: ni siquiera los triunfadores emanan belleza o encuentran felicidad. Es muy dudoso que en una guerra tan terrible se encuentre algo bello. Ni siquiera considerándolo desde las perspectivas sobre lo bello y lo sublime de un Edmund Burke. Para un servidor lo más bello de la Primera Guerra Mundial es el encarcelamiento de Bertrand Russell por oponerse a ella. E incluso la broma soez de Lytton Strachey ante un tribunal de reclutamiento que le preguntó qué haría si veía a un alemán violando a su hermana. Strachey, homosexual reconocido en la restrictiva sociedad victoriana, contestó que ponerse en medio.

Englund no opta ni por las anécdotas habituales, ni por los personajes habituales ni por la forma de narración común a estos temas. Para una historia al uso ya está la de Gilbert, citada en la bibliografía y recientemente reeditada en tapa blanda por la Esfera de los Libros. Que el hermano de Wittgenstein perdió el brazo derecho y siguió siendo un intérprete maestro solo con su zurda mano es anécdota conocida para todos los que frecuentamos el tema.

Pero ni siquiera los más interesados han nombrado en sus historias a los héroes anónimos de Englund. Todos tienen algo en común: en el fragor de la batalla conservaron la sangre fría suficiente para conservar en la mente sus experiencias y poder plasmarlas en el papel años después. La suerte no les fue tampoco esquiva: solo dos de los veinte protagonistas dejan su vida en los campos de batalla. Uno en el mayor desastre anfibio de la historia, el desembarco chapucero de los Anzac en Galípoli; otro en las trincheras de la muerte montadas a escasos cien kilómetros de París, en la zona del Marne. Meter Englund ha hecho un trabajo de exhumación excelente con esos textos y los ha transformado en un libro muy bello hecho con materiales muy crudos.

Son 227 fragmentos. Ninguno de ellos sobrepasa las cuatro páginas de longitud. ¿Cae Englund en el pecado del atomismo? Ni mucho menos. La selección está tan bien hecha, la mezcla de los diarios y cartas con el narrador extradiegético es tan buena que el hilo se mantiene fácilmente durante toda la narración. Combina además con habilidad los escenarios, recordando al lector que esta Gran Guerra fue tan Mundial como la siguiente, con frentes en África del Este, Mesopotamia o Armenia. Precisamente es en este recóndito lugar del Imperio Otomano donde encontramos al aventurero venezolano Rafael de Nogales, testigo del genocidio del pueblo armenio, cuyos muertos atascan zanjas y pozos. Ellos no tuvieron la suerte de Nogales. Tampoco la de la mayor parte de los demás protagonistas. Son los actores silenciosos de un drama que ofrece mucho dolor y ninguna belleza. Lo bello solamente aparece cuando la sangre no está delante y se ha transformado en la tinta que Englund usa para imprimir su libro.

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