La inteligencia alemana

En términos de geopolítica, ya nadie recuerda cuando un país europeo (Rusia no cuenta para estos menesteres) ostentaba el trono de gran potencia. Por suerte la Historia está ahí para recordar que en sucesivas etapas España, Francia, Reino Unido y Alemania han dominado con su poderío económico, político y cultural. Es probable que entre los Estados Unidos, China y la India tal cosa no vuelva a suceder en mucho tiempo.

El dominio alemán fue el más efímero, el menos claro (compartían los germanos poder con el Imperio Británico) y también el que peor huella ha dejado. El relato histórico ha creado una solución de continuidad entre la consolidación de Alemania tras la guerra franco-prusiana de 1871 y la progresiva creación de una mentalidad de señores que concluyó en las teorías raciales y políticas de los acólitos de Hitler con el resultado que todos conocemos. De nada sirve que conocidos cosmopolitas como Stefan Zweig hayan hablado de la “Edad de la Seguridad” para referirse a la época anterior a la Primera Guerra Mundial o que la Constitución de Weimar sea aún a día de hoy modelo para toda Constitución democrática que se precie, por encima incluso de la archicitada Constitución americana.

Una parte de la mala fama alemana se debe, como ya hemos dicho, a circunstancias históricas. Pero estas circunstancias no suponen ni suponían en su momento una impugnación completa del pensamiento germánico. Esa protesta fundamentada llegó de la mano de Hugo Ball en su “Crítica de la inteligencia alemana”, obra publicada en 1919 y que ahora reedita la siempre cuidadosa editorial Capitán Swing, de la que ya hemos hablado en alguna ocasión por su capacidad para escoger para publicar buenos libros.

Hugo Ball es un personaje que seguro atrae la atención de mi compañero de fatigas críticas Jaureguizar. No en vano, fue uno de los fundadores del “Cabaret Voltaire”, y si se buscan imágenes suyas en el omnisciente Google lo veremos con un atuendo a medio camino del una persona estrafalaria y el hombre de hojalata del Mago de Oz, ofreciendo un recital de los primeros poemas dadaístas. No duró demasiado al lado de Tristan Tzara y se dedicó a otros menesteres, como el de criticar la cultura alemana o describir el cristianismo bizantino. Su temprana muerte, con solo cuarenta y un años, impidió que llegase a ver cuán profético resultaba aquel libro escrito tras el trauma de la Gran Guerra.

De todo lo dicho podrían deducirse varias cosas. Por ejemplo, que Ball era un antialemán. Falso, y su admiración por Thomas Münzer así lo demuestra. Si no era proalemán, quizás fuese favorable al “lobby judío”, muy poderoso entre la intelectualidad. Falso también, Marx y Lasalle reciben una buena cantidad de golpes dialécticos sobre todo por su vinculación con Hegel y su idealismo, que ni con su ideario socioeconómico se puede compensar. ¿Protestante o cristiano? Pues ni una cosa ni otra. Si Lutero es el Anticristo por su defensa de los privilegios de los nobles en las revueltas campesinas y por su “entrega al despotismo”, la Iglesia católica no puede ofrecer mucho más cuando el mismo Jesucristo se contradice afirmando que “mi reino no es de este mundo” y que “sobre [Pedro] edificaré mi Iglesia”. En resumen, un francotirador. Lutero, Hegel, Bismarck son poderes de las tinieblas. Schopenhauer se yergue como el detentador de la única filosofía posible, la del pesimismo y la búsqueda de la verdadera paz interior.

“Crítica de la inteligencia alemana” es uno de esos libros poco conocidos pero con una enorme huella. Gracias a él podemos explicar las bases seculares de cierta corriente política por fortuna sumergida ya. Es un libro que creó y crea imágenes. Y en nuestro mundo actual, la imagen, de una u otra manera, ofrecida por un televisor o construida por un libro, manda. Eso sí, el sábado es día del Libro: por una vez, huyan de la imagen y refúgiense en la página escrita.

Comentar