Optimismo informado

Lo reconozco: soy un pesimista. Disculpen que les haga esta afirmación de manera tan abrupta, pero es necesario declararlo de entrada para que sepan a qué atenerse en el resto del texto. Creo que ya lo era desde los albores de mi pensamiento intelectual maduro y lo confirmé de manera definitiva después de empaparme (y divertirme) con el “Cándido” de Voltaire, su parodia de las novelas bizantinas y su profesor Pangloss, que a la manera de Leibniz consideraba que vivimos en el mejor de los mundos posibles. El ácido Voltaire ha quedado como un paradigma de lo pesimista cuando su actitud, como bien demuestra en el “Diccionario filosófico”, es la de un meliorista, aquel que piensa que el mal y la ignorancia son susceptibles de ser suprimidos y que, por tanto, puede alcanzarse un estado mejor de cosas que el actual. Leer a Schopenhauer y Kierkegaard no contribuyó a que fuese uno la alegría de la huerta mental.

En estas estábamos cuando me encontré en la librería la pasada semana con un título, “El optimista informado”, y una provocadora pregunta a modo de subtítulo: “¿tiene límites la capacidad de progreso de la especie humano?” Di por supuesto que el autor, el polígrafo y polémico Matt Ridley, se refería al progreso material o económico y no al intelectual o moral. Estaba en lo cierto: nada más abrirlo comprobé que el libro tenía su correspondiente dosis de estadística e historia comparativa. Nada nuevo bajo el sol.

Lo que sí es nuevo es la perspectiva del autor. Cansado del catastrofismo de la corriente liderada por Al Gore se propone demostrar que el mundo marcha (como diría King Vidor) y lo seguirá haciendo cada vez mejor. No es que estemos mejorando: es que no hemos dejado de mejorar en los últimos trescientos años. ¿Por qué? En síntesis, porque Adam Smith nos protege. La clave de la mejora humana no está en los genes, la antropología, la costumbre, las relaciones sociales o las modificaciones cerebrales. Está en el intercambio. Y no en un tipo de intercambio cualquiera sino en el comercio más librecambista posible. Quizás sea el momento de mencionar que el autor, al margen de optimista, ha sido presidente de un banco al que llevó a tal crisis que tuvo que ser rescatado por el gobierno británico.

Ridley no es tonto. Sabe que su tesis es provocadora. En palabras del Ferrater Mora (el mejor diccionario de filosofía que yo conozco), “ningún optimismo tiene muchos defensores entre los filósofos y sus manifestaciones son escasas en comparación con las varias formas de intenso pesimismo”. Por eso deja al margen el progreso moral e intelectual, con sus dilemas éticos correspondientes, y se cubre las espaldas con una lluvia de datos difícil de contrarrestar. Su optimismo es informado pero eso no lo convierte en racional. Para serlo debería afrontar el duro reverso de la moneda.

Llegado el momento de las confesiones, y ya que les he dicho que soy pesimista, les comentaré también que simpatizo con el utilitarismo y en particular con la ejemplar figura de John Stuart Mill. Creo recordar que la máxima utilitarista era “el mayor bien para el mayor número”, con un corolario-objetivo evidente, “todo el bien para todos”. En ningún lugar he leído que se pueda hablar de “el mayor bien posible para el mayor número posible”. Por ahí flojea Ridley: las subidas globales en renta per capita o esperanza de vida no pueden esconder que un habitante de Sierra Leona vive solo 37 años o que en Corea del Norte se sufren periódicas hambrunas. También yerra por tendencioso en ocasiones: considera posible adelantos técnicos que resuelvan el problema de las nucleares (de Fukushima ni hablamos) pero no contempla aquellos que optimizarían el uso de algunas renovables que, tal y como están ahora, son de todo menos ecológicas. En fin, un libro para reflexionar y pensar críticamente. Con mucho ruido y bastantes nueces. Pero con aristas que cortan como cuchillos.

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