Vidas con interés

Hace unos años encontré El Dorado literario. Fue en una reseña de J-C Mainer a la en aquel momento última novela de Javier Marías. A mí este autor siempre me ha parecido un pésimo escritor: ficcionalmente pobre, lingüísticamente desastroso e incapaz de aplicar siquiera malamente los principios del realismo literario al que sus novelas, evidentemente, le adscribían. Mainer hablaba en ese texto de “autoficción”, definida como “artefacto literario que borra adrede las lindes entre la autonomía de la imaginación y la experiencia personal del narrador”. Ahí lo entendí todo: no es que Marías fuese un mal escritor. Es que su vida era monótona y se empeñaba en contárnosla de manera contumaz. Por desgracia no es el único dedicado a este menester, otros cojean del mismo pie y también son jaleados por el sistema.

Acabemos con las ironías y las críticas destructivas y afirmemos que un escritor solamente debería contar su vida cuando ésta tiene verdadero interés o, si no, no contarla en absoluto. Nos va muy bien sin saber nada de Shakespeare y en el “Quijote” solamente se desliza la historia del “Capitán Cautivo” como retazo biográfico cervantino. El problema es que eso crearía problemas para publicar a más de uno (y una, aquí sí conviene utilizar los dos géneros). Cuando esa vida tiene el suficiente interés la “autoficción” genera monumentos literarios de primera. Por ejemplo, el escritor ruso Solzhenitsyn pasó, sucesivamente, por el GULAG, por un pabellón de cáncer y por una “sharaska”, campamento especial para científicos. De cada una de sus experiencias nació una gran novela.

Últimamente se han publicado en español las memorias de uno de esos escritores que con su vida construyen novelas del mayor interés. Se trata de Arthur Koestler. A Koestler se lo presenté hace unos meses cuando se reeditó su mejor y más polémica novela, “El cero y el infinito”, y si buscan en la hemeroteca encontrarán dos referencias a su vida: su fama de asaltante de mujeres y su muerte por suicidio como forma de promocionar una asociación que abogaba por la eutanasia como solución a las enfermedades irreversibles. Ninguno de estos dos acontecimientos es recogido en “Flecha en el azul” y “La escritura invisible”, los dos tomos en que se dividen estas “Memorias” y que Lumen publica conjuntamente por primera vez en español.
Koestler fue el perfecto hijo de su tiempo, o más bien cabría decir de sus tiempos, con un ostentoso plural. Su vida recorre muchos de los extremos de la “edad de los extremos”, tal como bautizó Hobshawn al siglo XX. Su nacimiento dentro del Imperio Austro-Húngaro, pero en sus márgenes (era judío y húngaro); sus vivencias con Jabotinski en lo que fue la semilla del estado de Israel; sus intereses científicos, culminados por un viaje a tierras inexploradas; su vida compartida con los bohemios en el Berlín expresionista y el París de Picasso; y, sobre todo, sus contactos con los dos totalitarismos que marcaron el siglo XX: el nazi y el soviético.

Si se quiere saber mucho sobre el totalitarismo conviene leer la obra cumbre de Hannah Arendt. Si se quiere saber sobre los dictadores que lo personificaron están los clásicos de Richard Overy y, sobre todo, Allan Bullock. Pero si se quiere saber cómo pensaban comunistas y fascistas de a pie, conviene leer a Koestler. Él vio las rendijas del sistema soviético como militante del Partido y visitante de las llanuras de Ucrania durante la terrible hambruna de 1932-1933. La experiencia le llevó a abandonar las ideas comunistas. Y también vio no sólo lo terrible que podía resultar Hitler sino lo que podían hacer sus acólitos menores, los fascistas españoles, que a punto estuvieron de acabar con él en los inicios de la Guerra Civil, que cubría como periodista.
Las novelas de Koestler tienen pulso de “autoficción”. Su vida también lo tuvo. Sus memorias, escritas en un estilo que mezcla con acierto la divulgación periodística y la trama novelística, son toda una noticia editorial. Yo he decidido hablarle de ellas (y de otros muchos libros) a Inés, a quien va dedicada esta reseña. Solo le quedan cinco días menos para saber qué es la literatura.

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