Sobre los necios

Me levanté ayer de la siesta con una mezcla de estupor y alborozo. Suelo dormirla con la televisión puesta (un poco de ruido no viene mal a nadie) y en estas escuché una noticia sobre cierta prueba cultural realizada a la ganadora del concurso “Gran Hermano”. El asunto fue tan desastroso que la interfecta (por llamarle algo bonito) fue incapaz de contestar a la pregunta sobre cuántos países forman la Península Ibérica. Hasta aquí el estupor. El alborozo llegó cuando me acordé de que tenía que escribir una columna, precisamente, sobre la estupidez y una de las obras que mejor la representa “La nave de los necios” de Sebastián Brant, recientemente editada por la editorial Akal.

Hace unas semanas comentaba en esta misma columna, con motivo de una crítica de Vladimir Holan, la relativa mala fortuna de la literatura checa. Mi amable amigo y profesor Paco Reija me reconvino parcialmente y mantuvimos una interesante charla sobre el particular. Así que hoy voy a comentar la mala fortuna de los humanistas alemanes, a ver si pescamos otra enriquecedora conversación.

La pasada semana hablábamos de Erasmo de Rotterdam y su fortuna en España gracias en parte a su abandono de Lutero y en otra parte a Bataillon. Este filósofo es una honrosa excepción en lo que a fortuna editorial de los humanistas de la Reforma se refiere. Lutero, el personaje más trascendente de la Europa del siglo XVI, apenas si tiene una compilación de obras que alcanza las cuatrocientas páginas. Nada de Willibald Pirckheimer, Melanchton o Crotus Mutianus. Tampoco del mayor oponente de Lutero en las controversias, el doctor Johannes Eck. Y hasta el momento nada de la obra que inspiró a Erasmo y que transformó el género satírico en la Europa del siglo XV, la ya citada “Narrenschiff” de Brant.

La editorial Akal rellena así un hueco básico en la literatura universal en lengua española con esta edición. Y no solo en la literatura, pues la edición incluye las ilustraciones, originalmente xilografías, muchas de las cuales fueron compuestas por Alberto Durero, genio de la pintura y la ilustración renacentistas. Si hemos de ponerle un pero, éste se encontraría en la traducción. Antonio Regales Serna nos ofrece una versión prosificada de la “Nave” en lugar de respetar la construcción en pareados del original, si bien hay que reconocer que con ello la obra gana en agilidad e interés para el público no especialista.
Brant fue un sabio humanista, especializado en retórica y teología, pero sobre todo un gran observador de la situación de su época. A su barco se montan miembros de todas las clases sociales: clérigos, médicos, nobles, gente de mal vivir. Todos ellos desfilan por una especie de “Gran Teatro del Mundo” calderoniano y son juzgados sin ningún tipo de piedad y condenados por huir de la siempre necesaria sabiduría. Ojo, la sabiduría verdadera, pues ya desde el principio Brant se muestra muy avisado a la hora de criticar al que “posee muchos libros pero lee poquísimo en ellos”. Los ciento doce textos son más que suficientes para descender hasta un grado de detalle en la estulticia verdaderamente notable, que hace refulgir además la erudición del autor tanto respecto a los mitos clásicos como, sobre todo, a las narraciones bíblicas de las que se hace uso y abuso en todo el texto, y que el editor decide aclarar por medio de simples referencias al texto bíblico y no con notas más ilustrativas.

No ha cambiado mucho la situación desde el siglo XV. Las necedades son distintas, el número de necios creciente. Muchos por devoción (resulta sorprendente encontrarse todavía a tanta gente que desprecia la lectura y los estudios), otros por falta de posibilidad. Brant describió dentro de su nave no solo la estupidez sino el desconcierto en la escala de valores causado por la transición entre el Medievo y las nuevas ideas antropocéntricas. Quizás sea eso, y lo que sucede es que los tiempos están cambiando. Por suerte obras como esta permanecen.

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