Carta a Lía

Hoy es el primer cumpleaños de Lía. Solamente es capaz de andar cogida de la mano, habla poco, tiene unos ojos azules enormes y, sobre todo, una sonrisa para todo el mundo. Una de esas sonrisas que a la gente les resulta extraña en estos tiempos, el buen gesto de alguien que no sabe lo que se le viene encima en el futuro o que conoce secretos sobre la felicidad de la vida que uno desconoce. Vamos, ella es la esencia del refrán que dice que Dios protege la inocencia.

Lo que no sabe Lía es que mientras ella se dedica a crecer y su madre a gestar de nuevo, los adultos le estamos dejando un mundo hecho unos zorros. Lamentable hasta un punto extremo. Y que no parece ir a mejor desde hace muchos años. O al menos eso es lo que he podido deducir de la lectura de “Chomsky esencial”, una obra del polemista estadounidense más conocido en Europa que publicaba hace un tiempo Espasa en la colección Austral.

Chomsky es un tipo que suele caer bien a mis amigos más subversivos. Yo le tengo cierta tirria porque tuve que sufrir como estudiante de Lingüística sus “Conferencias de Managua” y la reacción que en las universidades del Noroeste español han provocado sus teorías generativistas, una herejía desde el punto de vista de los funcionalistas.

Con la llegada de Nixon al poder, Chomsky se “olvidó” del generativismo y se convirtió en un activista con un ideario democrático, anarquista, contrario a las corporaciones y al sistema económico imperante, contrario también a la ortodoxia de los medios de comunicación y, en cierto sentido, humanista. O al menos curioso a la hora de afrontar el conocimiento.

Con semejantes armas y una coherencia a prueba de bombas, Noam Chomsky se ha mantenido activo durante cinco décadas. Ya no hay guerra en Vietnam, ni en Nicaragua, ni en Timor Oriental. Henry Kissinger obtuvo el Nobel de la Paz y a Xanana Gusmao le faltó un pelo. Oliver North ya no vende armas a la Contra sino que trabaja para la Fox. Ronald Reagan crece en las encuestas como uno de los presidentes más valorados de los Estados Unidos en el siglo XX. Solo se mantiene el conflicto en Palestina. Los problemas están en la economía y la calidad democrática europeas, en Sudán, en Mali o en Zimbabwe. Y sin embargo lo que dice Chomsky tiene plena validez.

La tiene porque Estados Unidos controla el mundo, con sus dólares, Hollywood, Michael Phelps, Ronald McDonald y Steve Jobs. Lo controla hasta tal punto que han sido capaces de convencernos, como explica el autor, de que la libre empresa tiene éxito en USA y que eso se ha exportado a países como Corea del Sur, cuando en realidad lo que funciona en la tierra de los libres es lo planificado y Corea roza el comunismo en la planificación estatal. El caño libre a la hora de dar dinero ficticio (crédito, etc.) ha hundido a muchos países europeos, que caminan a toda prisa hacia las “vías de desarrollo”. La culpa no era particularmente de los rojos ni ahora de los azules sino de un sistema que los dos defienden y que en Europa se hunde. Pero no en China, ni en Japón, ni en Brasil. Y todo esto se entiende en la clave de esta obra.

Bonito futuro para una niña lucense de un año: que su padrino le explique cuando no puede entenderlo que esto es un desastre y que sería mejor que hubiese nacido en Shangai. Allí Hu Jintao seguro que no dejaría que leyese a los pesimistas realistas.

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