Lorenzaccio

Cuando a los adolescentes se nos enseñaba en el antiguo COU Filosofía con una seriedad y profundidad desconocidas en este momento, aquellos de mayor “sensibilidad revolucionaria” se sentían atraídos, de manera obvia, por la filosofía de Friedrich Nietzsche. El que sobrevivía al genio bigotudo podía embarcarse en una aventura que tenía como uno de sus primeros apeaderos “La decadencia de Occidente”, de Oswald Spengler, obra desmesurada y compleja que está al alcance de la mano por haber sido editada en la nunca bien ponderada colección Austral. No avancé mucho en su lectura pero sí lo suficiente para encontrarme unas sabias palabras de un hombre en general desatinado como Spengler. Aquellas en las que se queja de la inculta e injusta postergación histórica de Bruto a favor del tiránico Julio César.
A esas alturas de la película uno ya había intimado lo suficiente con ese genio multiforme que era Francisco de Quevedo y leído a Shakespeare. También era aficionado a Astérix y lector de Thornton Wilder. De resultas de todo esto encontré natural estar de acuerdo con Bruto. Su fortuna cambiante se ha debido también, quizás, a que aquellos que han reclamado su legado (literario e histórico) no eran demasiado dignos de él. Es el caso de Lorenzaccio, el protagonista de la tragedia shakesperiana de Alfred de Musset que ahora edita Cátedra en sus “Letras Universales”.
Los temas de la villanía en Literatura son de lo más apasionante, y más cuando el bardo de Stratford está por el medio, en obra o espíritu. Musset había asumido buena parte de sus enseñanzas con solo 23 años y, adaptando una escena realizada por su entonces amante –y muy talentosa escritora– George Sand, creó al villano teatral con más pulso del diecinueve francés. Un tipo que no alcanza a Yago (no creo que eso sea posible) y que recuerda a la mezquindad de Edmundo. Lorenzaccio de Medici vive a la sombra del Duque y se debate entre una grandeza de pensamiento innegable (véase justo en el ápice de la obra, Acto III Escena III, el diálogo entre Lorenzo y Filippo, en especial el largo soliloquio del primero en el final), una fidelidad particular a su ciudad y un carácter disoluto que ennegrece todas sus acciones. Es un aristócrata que defiende la herencia de la República romana y no un patriota. El asesinato del Duque no es una fría acción digna de Lady Macbeth ni un acto irracional propio de Raskólnikov. Es un acto de leve justificación en un entorno salvaje.
Porque el 26 de abril de 1478, el día de la conspiración de los Pazzi, comenzó la era de las convulsiones políticas en Florencia. Aquella que Harry Lime definió como una época en la que en medio de todo tipo de felonías apareció el Renacimiento, mientras en Suiza se gestaba una democracia que ha producido el reloj de cuco (y el bosón de Higgs, parece). Lorenzaccio vivió cincuenta años después, cuando la grandeza de Lorenzo de Medici era un verdor camino de perecer. Lorenzo promovía estatuas, su descendiente se ganó el apodo despectivo al decapitarlas. Tuvo que marcharse de Florencia y vagó durante once años por distintos países, incluido el imperio Otomano. Musset pudo aprovecharlo y estirar el éxito de su obra. Prefirió cambiar el final y hacer que Lorenzino acabase como sus tribulaciones requerían. La licencia poética no le hace perder pulso a la obra. Más bien habla de la osadía de Musset, un hijo de sus siglo que sabía leer en la historia del XV y el teatro del XVII.

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