Un disidente consentido

Como ya habrán comprobado los habituales de esta modesta columna, un servidor, además de por la lectura, siente pasión por el deporte. Bueno, más bien debería decir “los” deportes. Atletismo, triatlón, balonmano, curling, fútbol americano… lo que caiga. Nada de monogamia con el fútbol o bigamia si incluimos el baloncesto. Filosofía pantagruélica aplicada al deporte. Como comprenderán, a semanas de los Juegos Olímpicos, estoy afilando el colmillo.

Cuando uno siente esa devoción por la contemplación de la actividad física (no confundir, por favor, con su práctica) y la historia del deporte resulta difícil encontrar “almas gemelas”, y más en una prensa deportiva que navega a la deriva, zarandeada por los vientos del amarillismo, el sensacionalismo, el partidismo y la ignorancia más aberrante. Por suerte, hay excepciones a la norma: Julio César Iglesias, Ramón Besa, Gonzalo Vázquez y algunos más. Pero mi preferido es Santiago Segurola, que ahora ve publicadas sus mejores crónicas en “Héroes de nuestro tiempo”.

Soy consciente de que esto que acabo de decir me va a granjear alguna bronca cariñosa de mis amigos periodistas deportivos (por suerte tengo unos cuantos). Segurola es un apóstol del guardiolismo y del bielsismo. Su credo futbolístico es explícito: “mejor a un toque que a dos, pasar y no conducir, no regatear salvo extrema necesidad…”. Aunque ve el fútbol como una pieza más de su acervo cultural (que le llevo a dirigir la sección de “Cultura” de cierto diario de tirada nacional), no parece haber asimilado la existencia de discursos alternativos, de la disidencia. Y resulta extraño que no detecte lo heterodoxo (porque sí, en este momento el catenaccio es algo heterodoxo en la época de Messi y Cristiano) porque él es un disidente. De hecho, la crítica le ha masacrado por incrustarse en el meollo del amarillismo y hacer públicas sus diferencias. No parece muy ético, quizás sea un estómago agradecido. Pero esto ya es personal y no literario, así que pasemos a otra cosa.

Para fortuna de los lectores de esta obra, el fútbol no lo copa todo. De hecho, las mejores piezas están relacionadas con el verdadero deporte rey: el atletismo. Y Segurola es un experto en captar la épica que supone la superación de los límites físicos del hombre. Porque las estrellas del fútbol compiten en equipo contra la estadística. Las estrellas del atletismo o la natación compiten solos contra la naturaleza y los instrumentos que la miden, fundamentalmente el reloj. Algunos, caso de Jesse Owens, luchan contra los prejuicios. Otros, como Anton Geesink, luchan solos contra un país y una leyenda (este es cosecha propia, Segurola no lo menta). Conmueve ver a Fosbury revolucionar desde una pequeña universidad en Oregon toda la técnica del salto de altura, a Bannister bajando de los cuatro minutos en la milla o Beamon haciendo un salto al siglo XXII en 1968.

Y lo mejor es que todos estos hechos noticiables son relatados con estilo. No el estilo aséptico de la agencia de noticias sino el del cronista que busca lo sublime, tal y como lo entendía el Pseudo-Longino. No hay prisa en las palabras de Segurola, ni acumulación de datos numéricos o eruditos. La prosa fluye con naturalidad, los periodos son justos, el adjetivo ofrece el matiz necesario, sin estridencias. Hay decoro en el sentido horaciano del término: adecuación de los sucesos deportivos al tipo de lenguaje que se usa para narrarlos. Ni siquiera es necesario ponerse poético. Y claro, a un hombre que cuando escribe busca la belleza, ¿cómo exigirle que no sea capaz de asociarse con ella cuando la aprecia –resultados aparte– en un campo, una piscina o un tartán?

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