El hombre del billete

Cuando era joven coleccionaba monedas. Un pasatiempo bonito, pero difícil de llevar a cabo para un chaval ancarés en la época en que Internet no existía de facto. Mi hermana coleccionaba billetes. Y como uno siempre tiende a querer lo que no tiene, me aficioné más a ellos que a las monedas. Me gustaban tactos, colores, olores y referencias históricas. Y sobre todo me encantaban los billetes de dólar. Todos iguales, verdes, con un olor muy peculiar. El de un dólar contenía en su reverso un arcano indescifrable para un niño de diez años: esa pirámide culminada por el Ojo de la Providencia, herencia directa de los egipcios y mensaje cifrado masónico.

Solo dos personas que no han ocupado la presidencia de los Estados Unidos merecen el honor de figurar en el anverso de los billetes de dólar. Uno es Alexander Hamilton, fundador del Tesoro americano y asesinado en un duelo por Aaron Burr, que en aquel momento era Vicepresidente de los USA (dejen volar su imaginación y piensen en nuestros políticos retándose a duelo con semejante vesania). El otro es Benjamin Franklin, cuya “Autobiografía” ha publicado recientemente la editorial Cátedra.

La vida de Benjamin Franklin no es especialmente interesante vista desde la óptica actual. Ni sedujo a cientos de mujeres (como Casanova), ni escapó de cárceles salvajes (Papillon) ni ganó decenas de batallas. El propio autor, de hecho, actúa con una exasperante naturalidad a la hora de exponer sus propios prodigios. Imagínense: yo me pongo como unas castañuelas cuando un arroz me sale bien y uno de los inventores más prolíficos de la historia cuenta en estas páginas cómo inventó la estufa sin darle una mínima importancia. Cosas de la modestia.

La enjundia de la obra se encuentra en su parte ética, que apenas ocupa diez páginas. En ellas Benjamin Franklin describe su manera de autodisciplinarse y describe las 12+1 virtudes que todo hombre debería tener para ser íntegro desde el punto de vista moral. Aunque el autor las escribió, en cierto modo, como alternativa al presbiterianismo practicante, es decir, cuando decidió abandonar la Iglesia, su efecto sobre la historia de la religión ha sido duradero. Tanto que Max Weber, en su “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, tomó estos preceptos como hito a partir del cual describir la estrecha relación entre la riqueza y la moral en los países protestantes (y pido disculpas a los protestantes de Lugo por no referirme a ellos de manera individualizada).

Como ya he dicho hace unas líneas, sorprende la capacidad del autor para minimizar sus propios méritos. Muchas páginas se dedican a sus afanes en el terreno de la impresión en una época en la que Gutemberg todavía quedaba relativamente cerca. Y muy pocas al hecho de que trabajase sobre la electricidad y descubriese el pararrayos, con la ayuda del conocido experimento de la cometa. Muchas a un terreno en el que no destacó especialmente, como fue el bélico. Muy pocas a su tarea política, que le colocó como uno de los Padres Fundadores.

El himno de los Estados Unidos termina con la descripción del país como “tierra de los libres y hogar de los valientes”. En buena medida la libertad de la que gozan y gozaron los norteamericanos es debida al patronazgo ilustrado de Benjamin Franklin, a su recepción y adaptación de las ideas de Locke, Hume o Montesquieu. Y la luz de su ingenio y audacia han inspirado a muchos, desde Edison a Steve Jobs. Bueno, eso y su imagen en el billete de cien dólares.

Comentar