A galopar

La última vez que hablé de libros sobre la Guerra Civil en esta columna me llevé un buen rapapolvo. Fue gentileza de mi buen amigo, humanista e historiador Marcos Villares, que me afeó el haber dejado en buen sitio la historia del conflicto armado realizada por Anthony Beevor. Realmente él tenía razón: a pesar de la buena salida comercial de la obra unos pocos años han bastado para que, en la enorme monografía que reseñamos hoy, no haya ni una sola referencia a Beevor. Como se dice en “El burlador de Sevilla”, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. La mía queda saldada.

Una vez que les he dado la tabarra con mis ajustes de cuentas personales, vamos al meollo de la reseña. Ha vuelto a caer en mis manos un libro de la editorial “Pasado y presente”, proyecto que lleva Gonzalo Pontón, antigua “alma mater” de la Editorial Crítica. Sigo considerando el libro de Josep Fontana en esta editorial como el mejor que se ha publicado en los dos últimos años en este país. Con semejante precedente encontrarme otro libro de Historia no era mala noticia. Siguiente alegría: en la portada aparecen fundamentalmente nombres de historiadores que tienen a gala hacer bien su trabajo. El editor Ángel Viñas, Paul Preston, el mismo Fontana o José-Carlos Mainer, verbigracia.

Y estos profesionales están, dicho sea con todos los respetos, muy cabreados. Con el intrusismo y la falta de rigor científico. Pero, sobre todo, con el hecho de que la corrupción de la profesión de historiador haya llegado al meollo mismo de las instituciones que deberían regir el buen hacer en esta disciplina. “En el combate por la historia”, con título inspirado en Lucien Fevre, nace como una reacción al atentado cometido por la Real Academia de Historia en el ya famoso “Diccionario Biográfico Español”. Aunque la información vuele en estos tiempos de Twitter, seguro que los lectores no han olvidado la polémica generada alrededor de una obra que consideraba a Franco un “valeroso militar” en lugar de un dictador y a Manuel Azaña la imagen de un “republicanismo democrático inexistente” (sic). Contra ella se levantan estos profesores, en su mayor parte catedráticos y todos ellos exhaustivos a la hora de investigar.

La obra se estructura en cuatro partes de tamaño similar: la República, la Guerra, el Franquismo y un capítulo biográfico en el que brevemente se dibujan las siluetas de los principales actores de la época más convulsa de nuestra historia. Les aconsejo que prescindan del Epílogo, lleno de sobreentendidos y de juicios de valor que no hacen justicia al tono del resto de la obra, fundamentalmente aséptico. Si son de derechas (muy de derechas) y quieren una condena a Carrillo, vayan a la página 800. Si son muy de izquierdas y creen que Franco era un inútil (al margen de un asesino, que también), vayan al perfil trazado por Paul Preston. Los apoyos documentales, en ambos casos, son considerables. Eso sí, la tozuda realidad no la cambia nadie: la República era un gobierno legítimo que fue derrocado por un golpe de Estado en toda regla.

Son mil páginas. Y no son la alegría de la huerta. Quiero decir con esto que, a pesar de los esfuerzos de la crítica, la obra está destinada a venderse cuarto y mitad que las de un, pongamos, César Vidal. No hay emisoras de radio, ni televisiones ni (casi) periódicos que bombardeen al personal y le ofrezcan lo que quiere escuchar. La historieta vende, la historia no. Qué le vamos a hacer.

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