Apocalíptico con razón

Ya les hablaba la pasada semana del nuevo libro de Mario Vargas Llosa, que contenía una serie de visiones y opiniones que iban a levantar una cierta polvareda. No me equivocaba ni un ápice, y desde entonces he visto algunas discusiones apasionadas sobre la obra del académico peruano. Como les decía el pasado sábado, el Nobel de 2010 ha abandonado las siempre templadas aguas de los “integrados” para pasarse a los furibundos oleajes “apocalípticos”. Ambas nociones fueron acuñadas, en lo que al análisis de la cultura se refiere, por Umberto Eco en 1965, y han hecho fortuna a pesar de que las circunstancias han cambiado mucho.
Los que me sigan o me conozcan (pocos, ventajas de la ausencia de fama) sabrán que siempre me he inclinado por cierta visión catastrofista. Desde mis primeros años en la Filología he luchado contra la mercantilización en la literatura y la creación de valores estéticos en función del número de ceros que sigue a un uno en la cuenta corriente o el número de ventas de tal o cual autor. Avanzados mis estudios encontré argumentos para rebatir a aquellos que van por el mundo crítico afirmando sin rubor que “El Quijote” fue un best-seller. Cuando llegué al curso de doctorado comprobé lo necesario que era que hubiese un conservador cultural en medio de fenomenólogos, admiradores de Lacan, estudiosos de los sistemas literarios minorizados o minoritarios y pragmáticos literarios. Huelga decir que todos estos estudiosos han hecho una sólida carrera académica basándose en el atomismo de la literatura y la estulticia académica.

Dice Juan de Mairena: “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”. Yo, como el porquero, no estoy muy de acuerdo con Don Juan, pero en temas de argumentación cultural está claro que los porqueros no tenemos la capacidad de persuadir que tienen los Agamenón. Soterradamente, lejos de la abrumadora mayoría de habitantes de departamentos, barandas de editoriales y lectores de gatillo fácil a la hora de divertirse, ha nacido una generación de intelectuales a disgusto con el desarrollo de la cultura en los últimos años del siglo XX y en los primeros del siglo XXI. Mario Vargas Llosa da la voz a esas personas.
Porque la noción de “cultura” que han propuesto los antropólogos (y que un admirador de Marvin Harris como yo no puede menos que compartir) no es una verdad de fe. Y no justifica la consideración de la moda, la alta cocina o la música (sic) de John Cage como elementos básicos de la formación intelectual de cualquier individuo culto. Que algo sea divertido lo convierte de inmediato en algo bueno ni merecedor de reconocimiento. La belleza no solo está en la sonrisa o el argumento fácil. El editor Lara rechazó en su momento “Cien años de soledad” porque Gironella era un best-seller. Y actualmente suele olvidarse que hay escritores que quieren crear, no ganar ni divertir.

Hasta aquí, las alabanzas a Vargas Llosa y, sobre todo, a sus ideas. Ahora, los palos. Para empezar, el hecho de que el libro tenga 226 páginas, de las que 70 son antiguos artículos en prensa que sostienen argumentos anteriores. ¿Peca Vargas Llosa a la hora de no hacer un libro de 500 páginas sobre el particular? Si uno piensa mal, suele acertar: los ensayos de 500 páginas sobre cultura no suelen venderse bien. Aunque el tema lo merezca. Por otro lado, ¿era necesario comenzar en lo literario y deslizarse perceptiblemente hacia el credo político-liberal de Don Mario? Creo que no. Pero qué narices, vamos a perdonárselo. Si París bien valía una misa, cuatro verdades sobre banalización bien merecen el acompañamiento de un sermón liberal.

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