Un chico de Kansas

Que el baloncesto en España no está precisamente en su época de esplendor es una evidencia. Si dejamos al margen a la selección española y a los dos grandes del fútbol, nos encontramos con un panorama de deudas, procesos concursales y competiciones confusas que cada día ponen a menos gente delante del televisor. Y ya se sabe, lo que no sale por la tele no existe.

Sin embargo, y parafraseando a Lee “Scratch” Perry, parece haber movimientos subterráneos en lo que se refiere a observar este deporte desde la óptica de la literatura que genera o puede generar. Los niños que crecieron viendo a Magic Johnson y Larry Bird empiezan a peinar canas. Los que crecieron viendo a Michael Jordan ya están en edad de enfrentarse a la hoja de papel en blanco. El resultado: una revista (“Cuadernos del basket”) que amenaza con ser bandera de la literatura deportiva en este país; varios libros debidos a diferentes autores –Juanan Hinojo, Máximo Tobías, Juan Francisco Escudero– con diferentes temáticas; y traducciones de algunas de las mejores obras que se producen en el mercado americano. Es el caso de “¿Me puedo quedar la camiseta?”, de Paul Shirley, que publica ahora la editorial Léeme.

Escribir sobre baloncesto en América es cosa seria. David Halberstam, ganador de un premio Pulitzer por un libro sobre la Guerra de Corea, saltó a la fama por un libro sobre los Blazers campeones de la NBA en 1977. Bill Simmons, columnista estrella de ESPN, ha ido más lejos, con “The book of basketball”, tan enciclopédico como impregnado del estilo lenguaraz de su autor. Sin embargo, esos libros no tienen demasiada salida en el mercado español: son ajenos al gran público, demasiado americanos (si se me permite la observación).

El libro de Paul Shirley es otra cosa. El mismo Paul Shirley es otra cosa. Un tipo que rompe todos los tópicos. ¿Blanco y de la América profunda? Se supone que andará por el mundo con una Biblia colgada del cuello… Pues no. Shirley es, como poco, agnóstico. ¿Angloparlante en país europeo? Se supone que hablará lo suficiente para pedir cerveza y hamburguesas… Pues no. Shirley habla español mejor que el 90% de españoles inglés. ¿Jugador de baloncesto en Europa? Un ignorante que solo viene a por el dinero… Pues no. Shirley es un brillante ingeniero que escribe columnas ácidas todos los lunes en un diario español de tirada nacional (de hecho, el más vendido de los generalistas).

Su libro es un manual de supervivencia para el americano en Europa. Y también una guía de lo que sucede detrás de los focos. Estados Unidos produce cada año cientos de jugadores de baloncesto. En la NBA no juegan más de 400. El excedente se lanza a aventuras en ligas menores (Shirley ha llegado a jugar en Tijuana o Ciudad Juárez) o a miles de kilómetros de su casa. Atenas, Badalona y Kazán no se parecen en nada. En los tres lugares trabajó Paul Shirley. Tenía un cierto nivel, pero siempre fue un obrero. Su gran actuación en la NBA fue recibir un golpe de Austin Croshere y estar a punto de perder un riñón y el bazo en el negocio. Se retiró pronto: a pesar de medir 2´09, podía ganarse mejor la vida con su cerebro que con su corpachón. Escribe muy bien. Ha pasado por distintos países y se ha convertido en un tipo cosmopolita. En el Breogán hay algún jugador que me recuerda a Shirley, si no en el juego sí en su inteligencia y forma de abordar la experiencia de ser profesional muy lejos de tu casa. Y en Lugo el movimiento subterráneo del deporte como forma de cultura también se extiende cada vez más.

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