Edades de oro

A pesar de que Hesíodo describió la Edad de Oro como la etapa de la perfección y la felicidad humana y divina, creo que podremos relativizar el concepto y aplicarlo a varias edades en la Historia de la Humanidad, sin que haya que ponerse riguroso. Cada siglo tiene su época dorada, en ocasiones más de una. A veces una obra literaria puede escribirse en una de esas etapas brillantes y referirse a otra. Es lo que sucede con “El Ciceroniano”, diálogo de Erasmo de Rótterdam que edita con sus imprescindibles notas y demás aparataje la editorial Cátedra.

Todo aquel que ha estudiado latín y ha llegado hasta el superlativo y el comparativo de superioridad conoce a Cicerón. Es lo que tiene ser un “vir eloquentissimus” y “primus inter pares” en el tema de la retórica, el discurso y la elocuencia. Marco Tulio Cicerón fue un hombre renacentista antes del Renacimiento, capaz de desarrollar con la misma habilidad las funciones de abogado, político, escritor y orador. Esta última profesión puede resultar extraña a los actuales lectores, pero se debe tener en cuenta que en la “civitas” romana era fundamental para convencer al pueblo y al Senado. No había medios de comunicación de masas (por fortuna) y los políticos se preocupaban algo más por lo que decían, incluso en trances tan importantes como el asesinato de César. Uno no se imagina a Antonio, Bruto o Cicerón hablando, como ha hecho esta semana el presidente del Gobierno, de “nuestros compatriotas y los compatriotas de otros países”. La Retórica está con ventilación asistida pero mientras quede un político que rebuzne (y de esos nunca faltan), no estará muerta del todo.

Erasmo no es tan conocido como Cicerón, por lo menos entre los estudiantes, pero tampoco se puede quejar de su fortuna. En España han contribuido a ella, entre otros, Menéndez Pelayo con su “Historia de los heterodoxos españoles” y Marcel Bataillon con el clásico “Erasmo y España”. En los países germánicos es la más obvia referencia cultural del siglo XVI, codo a codo con el mismo Martín Lutero. Cuando escribe “El Ciceroniano” corre el año 1528. Hace veinte años que ha dado a la imprenta el “Elogio de la locura”, que lo encumbra como el sucesor de Brant y el mayor satírico de la Europa humanista. Es reconocido por todos los gobernantes, Papa incluido, y ya ha comenzado su oposición a la Reforma.

El argumento del diálogo no tiene demasiadas dificultades. Dos amigos, Buléforo e Hypólogo, tratan de convencer a un tercero, Nosópono, de lo vano que es su intento de convertirse en un auténtico ciceroniano. Lo hacen, sobre todo Buléforo, con una capacidad crítica y persuasiva muy notable. Vemos como Nosópono va poco a poco cediendo en sus pretensiones, pasando del extremo del análisis del lenguaje del Arpinate para utilizar sus mismas palabras a una posición más moderada de respeto sin devoción total. ¿Subyace aquí un mensaje contra los dogmas absolutos de la Iglesia Católica y de la naciente Reforma? Probablemente sí.

De paso que intenta convencer a Nosópono, Buléforo nos da en un determinado lugar un enorme listado, con breves análisis, de las mentes más preclaras de esa (de nuevo) Edad Áurea que fue el Renacimiento italiano y europeo. De Valla a Pico della Mirandola, de Tomás Moro a Philipp Melanchton. Y aún se olvida de Robortello, analista de la poética aristotélica, o de Piccolomini, que incluso llegó a ser Papa bajo el nombre de Pío II. Ninguno de ellos alcanza la categoría de Cicerón, pero todos tienen sus propias virtudes que los hacen grandes sabios y escritores. Es una pena que en el siglo XXI no hayamos alcanzado la Edad de Oro y no podamos hacer lo mismo. ¿Quién se atreve a comparar a Paul Auster con Herman Melville? ¿Y a Pérez Reverte con Pérez Galdós? En todo caso, no perdamos toda esperanza: si la Retórica está viva, la buena literatura puede vivir con ella.

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