Novela y mito

Desde hace casi cinco años peleo, siempre con denuedo pero con resultados dispares según la semana o el mes, contra una tesis doctoral en Teoría de la Literatura. No les voy a dar la paliza ni con un resumen del asunto ni con la utilidad que tiene en los últimos tiempos ser doctor en una disciplina de letras. Les recomiendo que busquen las noticias sobre los Parga Pondal o Ramón y Cajal y después me cuentan (si quieren). Me limitaré a decir que la tesis trata sobre la relación entre el mito y la novela.

La novela nació ayer por la mañana. Incluso si nos ponemos estupendos y admitimos que la sátira menipea o las “Etiópicas” de Heliodoro de Emesa son ejemplos de este género, no podemos remontarnos mucho más allá del siglo IV a.C. El mito hunde sus raíces más allá de la noche de los tiempos. Algunos, como Tusón Valls, sostienen que la metáfora conformó la mente humana primitiva. Es difícil de comprobar, pero es mucho más sencillo sostener que, una vez que el hombre fue sedentario y su cerebro estuvo adecuadamente poblado de sinapsis, no buscó en la ciencia la explicación a aquello que no lograba entender porque escapaba a su control: la buscó en el mito.

Con el paso de los siglos, el mito ha ido perdiendo ese valor explicativo sobre el cosmos. Lo que no ha perdido es su capacidad para explicar las conductas de los seres humanos. Y en el siglo XX explicar esos comportamientos ha sido trabajo de muchos. Entre otros, del novelista francés Michel Tournier, que en sus tres primeras novelas releyó, entroncando con la tradición más clásica, los mitos de Robinson Crusoe, el Ogro y los Gemelos. Se convirtió en un escritor totémico para la cultura francesa. Ahora, a los 87 y años y tras dejar la Academia Goncourt, ve pasar desde su atalaya la vida literaria.

En “Viernes o los limbos del Pacífico” y “El rey de los alisos” se fusionó, extrañamente, la calidad literaria con las ventas masivas (alrededor de siete millones de ejemplares entre ambos). El primero es el libro ideal para aprender francés si se tienen unas pocas nociones y una edad comprendida entre los 13 y los 18 años. Tournier expurga en buena medida el “Robinson Crusoe” de Defoe (que es muy entretenido cuando uno se salta los pasajes estrictamente presbiterianos y toda la segunda parte) y consigue reconstruir la relación entre el náufrago y la naturaleza que le rodea. Robinson siempre ha sido símbolo de cómo la sociedad ha moldeado al hombre. Aquí, Robinson se ve abocado a fundirse con el alma de la tierra que lo rodea.

El segundo no es especialmente recomendable para estómagos sensibles. Tiffauges, el protagonista, es un tipo siniestro, atrofiado por una educación digna de una infancia irlandesa católica (Frank McCourt dixit). Como ogro figurado que es, entra en contacto con otros de su tribu. Y sus actos de inmolación, que transforman al Ogro en San Cristóbal, se enmarcan en una prosa compleja y un simbolismo que no creo, francamente, que estuviese demasiado al alcance de la comprensión de los cuatro millones de franceses que compraron la obra.

Cierra la trilogía “Los meteoros”, una obra mucho más desigual. La provocación que se encontraba en Tiffauges es acentuada por medio de los excursos de Alexandre, defensor de la homosexualidad, una condición que el narrador opone a la complementariedad de los gemelos. Cuando la pareja fraterna se rompe, la obra se convierte en un viaje iniciático cosmopolita para Paul, tras las huellas de su hermano Jean. Un viaje tan largo y complejo como las tres novelas de Tournier, a las que merece la pena prestar mucha atención.

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