Buscar la solución

Hay cosas que a uno lo convierten en “viejuno”, como diría Joaquín Reyes. En mi caso una de ellas es el hecho de que me guste “Doctor en Alaska”, serie mítica de los 90, cuando uno empezaba a trasnochar e intentaba cazar (sin éxito) esos capítulos de los que mucha gente inteligente hablaba. Por suerte, pasados los años, pude verla y disfrutarla entera, incluida la infame sexta temporada. Mi personaje favorito es Chris de la Mañana. Y uno de los personajes favoritos de Chris es Henry David Thoreau, el hombre de Walden.

Thoreau era un discípulo del transcendentalista Ralph Waldo Emerson que, en un momento dado, decidió demostrar que el hombre podía volver a la naturaleza. Así que decidió retirarse al pueblo de Walden, cerca de Harvard, y convertirse en un ser autárquico. En realidad, escribió una obra excelente, plena de amor por la naturaleza y cuya teoría funciona muy bien, pero le tomó el pelo a todo el mundo porque cada cierto tiempo pasaba por Concord a comprar lo más necesario. A pesar de la trampa, dio carta de naturaleza al ecologismo y sentó las bases de una idea: la de que el bienestar humano no solo pasa por la continua producción de bienes sino por el control en el consumo de lo ya producido. De ahí a la economía del estado estacionario de Mill, un paso.

Las ideas de Thoreau crearon lo que podría llamarse una “periferia consolidada” dentro del sistema económico norteamericano. Había un centro: el del fordismo y el taylorismo, el de los magnates (de Vanderbilt a Pierpont Morgan) y la producción desenfrenada de materias primas y bienes de consumo. Pero también estaba Thorstein Veblen, explicándole al mundo “La teoría de la clase ociosa”, es decir, por qué los ricos encuentran interesante un campo de golf. Una vez pasada la Segunda Guerra Mundial, el dominio estadounidense se consolidó, pero todavía existían voces de la conciencia económica en la línea de Thoreau. La más poderosa, la de John Kenneth Galbraith, cuya obra “La sociedad opulenta” reedita ahora, en formato bolsillo, Espasa en la clásica colección Austral.

Galbraith fue a la economía lo que Hawking, actualmente, a la ciencia. Un académico brillante y un divulgador de primera, hasta el punto que una recopilación de sus obras ha sido publicada por la “Library of America”. Galbraith no ganó el Nobel, pero plantó la semilla para que lo ganasen Stiglitz o Krugman. Y con la crisis actual, parece claro que Milton Friedman, el ultraliberalismo, el control de la economía por medio de la política monetaria y, en general, lo que se conoció como “Reaganomics”, han muerto o están agonizando.

“La sociedad opulenta” es un libro difícil de valorar fuera de su contexto. A finales de los 50 la General Motors era una empresa mastodóntica (para saber en qué se convirtió años después, véase el documental de Moore “Roger and me”), el barril de crudo estaba por debajo del cinco dólares el barril (ni existía la OPEP) y los economistas tenían pavor al aumento de la inflación motivado por las políticas que conducirían a un idílico pleno empleo. Galbraith no escapa a estos factores, pero es consciente tanto de las desigualdades generales del sistema una vez abolido de facto el keynesianismo como de futuros riesgos, como el cambio climático. Y, filosóficamente, su libro aporta dos principios que me parecen insoslayables en 2012: porque exista la opulencia no debemos olvidar al excluido de ella; y no debemos generar nuevas doctrinas económicas que sostengan a posteriori la desigualdad. Los ricos eran cada día más ricos en 1960. Ahora, también. Cabe reflexionar sobre el modelo que ha hecho posible que esto no haya cambiado en cincuenta años.

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