Peligro: alcohol

Dice Shakespeare en “Otelo” sobre el bebedor: “Antes un hombre sensato, poco a poco un loco, en estos momentos una bestia”. La cita es conocida para muchos no por culpa del bardo de Stratford sino por su uso en “Los Simpsons”, puesta en boca del sin par Barney Gumble. Precisamente la serie creada por Matt Groening ofrece un buen punto de partida para analizar la relación entre los americanos y el alcohol, en especial si tomamos como referencias a Homer Simpson y cierto capítulo en el que se mezclan el día de San Patricio, festividad espirituosa do las haya, y la aplicación de la Ley Seca en Springfield.

Les cuento todo esto para situarlos en un marco adecuado para entender la recomendación semanal. Se trata de “Franklin Evans, el borracho”, de Walt Whitman, y lo publica la editorial Cátedra. Esperen un momento. ¿Walt Whitman? ¿El mejor poeta americano, autor de “Hojas de hierba”, con una novela de tema tan prosaico como el alcohol? Pues sí. Y resulta bastante lamentable, aunque no extraño si tenemos en cuenta que Whitman es una referencia para todos aquellos que sostienen que la inspiración existe. Como si de un Ión platónico se tratase, Whitman era un mediocre escritor que se transformó en La Voz Poética (La Voz Musical sigue siendo Sinatra). La inspiración llegó, le hizo escribir un libro excelente, le mandó un dramático mensaje de despedida en forma del poema “Goodbye my fancy” y le abandonó de manera miserable. “Franklin Evans” es de 1842, y no vale nada; “Hojas de hierba”, es de 1855, y es una genialidad; “Specimen Days” es de 1882 y prefiero ahorrarme adjetivos negativos.

La obra se enmarca dentro de lo que se conoce como “ficción antialcohólica”, una aportación de la literatura a la reforma de las costumbres que se estaba llevando a cabo en los Estados Unidos una vez pasada la época inmediatamente posterior a la Independencia y justo antes de que el Sur se levantase en armas para defender la esclavitud, en 1861. El profundo arraigo en la cultura norteamericana del legado puritano hace que este reformismo surja y resurja de manera periódica.

“Franklin Evans” resulta una novela sobre la que es difícil hacer un análisis en profundidad. Narrativamente no tiene gran interés, si exceptuamos un par de relatos dentro del relato que refuerzan las tesis centrales. El protagonista es esquemático, como corresponde a una novela de tesis. Es evidente que tiene problemas con el principio de responsabilidad, tendencia a revolcarse como el cerdo de la piara de Epicuro y (cómo no) cierto propósito de enmienda que le lleva a corregirse a marchas forzadas. En una construcción narrativa que firmaría mi abuela María (o cualquier otra abuela gallega), aparecen las malas compañías, el amigo que permanece fiel a pesar de los deslices del protagonista, los hurtos y pequeños pecados asociados a los vapores alcohólicos y los líos de faldas, agravados en este caso por la cuestión racial. El protagonista tiene incluso su ramalazo heroico, lo cual me recuerda que quizás sea hora de sacar un rato para leer la biografía de Henri Charriere, paradigma a la francesa del chico malo de buen corazón.

El alcohol y la literatura han tenido una relación estrecha, desde el báquico espíritu del vino hasta los excesos de un Hemingway o un Bukowski. Como tema literario, se echa de menos a un Dostoyevski, que hizo una obra de arte literaria del vicio de jugar. ¿Cabe conformarse con Whitman? Si es como anécdota, sí. De lo contrario, mejor viajar hacia las “Hojas de hierba” y disfrutar de un verdadero goce estético.

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