Filósofos y mesiánicos

Queridos lectores: ¿a que ninguno de ustedes se ha parado a pensar cuántos judíos salieron de Egipto y recibieron a Moisés cuando bajó del Sinaí con las tablas de la Ley en la mano? Yo tampoco, lo admito. Pero siempre hay alguien que ha especulado sobre las cosas más insospechadas. En este caso un talmudista al que conocemos a través de Emmanuel Levinas. Eran 603.550, ni más ni menos. No quiero ni imaginarme las lluvias de maná que habría para alimentarlos ni sé si la cuenta se hizo antes o después del incidente del becerro de oro que supuso la desaparición de una buena cantidad de impíos en las entrañas del desierto. En todo caso, la anécdota sirve para ilustrar el grado de especulación al que la cultura judía se ha sometido desde hace milenios.

Pierre Bouretz ha escrito una especie de manual de la filosofía judía del siglo XX, centrado en la cuestión del mesianismo pero que abarca muchas más cuestiones. Ahora lo publica la editorial Trotta en una esmerada traducción que incluye un monstruoso aparato de notas que ayuda a moverse por tan complejo universo cultural. Porque España, Sefarad, es patria espiritual del judaísmo y sin embargo ese mundo nos es completamente ajeno. Al mismo tiempo que en la Provenza y en Girona se inventaba el concepto actual de amor-pasión (les recomiendo con toda mi pasión “Los trovadores” de Martín de Riquer), los judíos del lugar creaban la Cábala, el verdadero abc de la mística judía. Maimónides era cordobés e Itzhak Baer escribió una obra sobre la expulsión de 1492 que debería ser de obligada lectura para los (escasos) estudiantes de Historia.

El centro de la obra es, sin duda, el desarrollo filosófico del judaísmo alemán en sus distintas vertientes, en la época de la encrucijada entre la Emancipación, la Asimilación y el Sionismo, tres movimientos que sirvieron de prólogo al Holocausto. El lector español se pierde por la base: Hermann Cohen y Franz Rosenzweig son dos autores apenas conocidos incluso para los más versados. No obstante, Bouretz sabe hacer llegar el intento de fusión del neokantismo con la fe judía de uno y la teoría de la Redención y el mesianismo en el otro. En otros casos los autores son más conocidos pero no por su dimensión judaica. Walter Benjamin es estudiado en literatura por sus teorías acerca del aura en la obra de arte e incluso ha llegado a los semanales por su dramática muerte en Port Bou, con claros paralelos con la de Antonio Machado. Leo Strauss es el padre de la escuela política de Chicago, fuente del liberalismo político que se asocia a Friedman y los neocón.

Bouretz y los editores españoles han tratado bastante mejor a Gershom Scholem y Martin Buber. El capítulo que el autor dedica a Scholem es excelente: historiando al historiador. Se repasan su influyente personalidad, la Cábala y episodios históricos como el de Sabbatai Zvi que Scholem investigó (e I. B. Singer noveló en la excelente “Satán en Goray”). El cierre, con las últimas palabras del libro clave de Scholem, “Las corrientes de la mística judía”, es simplemente antológico. Martin Buber es protagonista de un capítulo necesariamente complejo, como el mismo autor, pegado a un humanismo de raíz religiosa con poderosos matices políticos. Porque el sionismo de Buber, apuesta por la convivencia con los árabes, demuestra una pluralidad en la sociedad israelí que no parece haber germinado aún a día de hoy.

Y para cierre, el ya citado Levinas. Para José Antonio Marina, el mayor filósofo de posguerra. Su vida alcanzó hasta 1995 pero sus ideas beben de Husserl y Heidegger. ¿Hay lugar en nuestro mundo para la fenomenología? No lo sé. Lo que sí parece claro es que hay lugar para el mesianismo, cultural y religioso. Lo que parece difícil es que el Mesías que reste autoridad a Reb Hillel aparezca mañana.

Un comentario en “Filósofos y mesiánicos”

  1. Sofia Comentó:

    Creo que se refiere a ” Testigos para el futuro”, cuya frase “el siglo XX es el cementerio del futuro”, válgame Dios por mi osadía, de rebatirle, más bien lo definiría modestamente como el principio del fín incluído el planeta; cuando usted dice que “hay lugar para mesianismo cultural y religioso”, permítame manifestar mi pesimismo, no hay más que observar la pendiente por la que nos deslizamos en el XXI.

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