El fuego y las brasas

En la historia ha habido pocas cosas, quizás ninguna, peores que ser judío del Este de Europa en el año 1940. Por una parte comenzaba el exterminio sistemático por parte de los alemanes, por otra el sanguinario Stalin tomaba medidas antisemitas menos contundentes y conocidas pero que costaron la vida, entre otros, al que podemos considerar junto a Kafka el mejor escritor judío que ha hollado la faz de la tierra. Me refiero a Isaak Babel. Este maravilloso creador de cuentos tuvo una influencia personal y literaria muy importante sobre Ilya Ehrenburg, bandera del Deshielo soviético. Ehrenburg sabía que su amigo y maestro había sido aniquilado por órdenes de Stalin. No obstante, no dudó a la hora de ensalzarlo continuamente, junto al resto del Ejército Rojo, en su “Libro negro”, obra que coordinó junto al ahora famoso Vasili Grossman, y que relata con todo detalle el Holocausto gracias a los testimonios de los supervivientes. Este manual del terror es ahora publicado por Galaxia Gutenberg.

Yo me emociono cada vez que me pongo a ver “Shoah”, la película de Claude Lanzmann. En ella se juntan figuras de la relevancia de Raül Hilberg y Jan Karski, supervivientes como el cantor Simon Srebnik (que muestra lo necesaria que es la historia cuando enseña lo que fue el campo de Chelmno convertido en un precioso pinar rodeados de prados que para sí querría cualquier habitante de Soñar o Carballal) y monstruos como Franz Suchomel, que cuenta con el dudoso honor de aparecer tanto en la cinta de Lanzmann como citado en la descripción de Treblinka que hacen Grossman y Ehrenburg.

“El libro negro” tuvo una historia editorial azarosa que sostiene el argumento que hemos presentado desde el mismo título: los judíos encontraron en los alemanes a sus verdugos y en muchos rusos a un silente cómplice. El Gobierno soviético impidió que se publicasen fragmentos del libro que servían para denunciar los pogromos y bloqueó toda posibilidad de que la obra completa saliese a la luz. Solo en 1980, y gracias a los esfuerzos del centro Yad Vashem, se pudo conocer el material recopilado por los autores.

Un aspecto que resulta especialmente interesante de los testimonios recopilados es el hecho de que la mayor parte de ellos no estén asociados a los grandes campos de concentración. Podrá parecer paradójico, pero es cierto que Auschwitz o Treblinka han atraído las miradas de historiadores o escritores de forma magnética. La estadística tiene mucho que ver en esto: por el complejo de cuatro campos que genéricamente se conoce como Auschwitz pasaron millones de personas, mientras que por campos de Bielorrusia o Lituania –escalofriantemente descritos en la obra por multitud de testigos– pasaron miles. Además, los fines asesinos del campo cercano a Katowice se entremezclaban con las tareas de la IG Farben en el procesamiento de caucho. Sin embargo, lo que sucedía en el bosque Bikernieki, en Letonia, era una pura y simple matanza de la que apenas salieron con vida decenas de personas. Sobre los huesos de los revolucionarios de 1905 y de los soviéticos que pelearon en los años 20 en la Guerra Civil rusa se amontonaron los de miles de judíos. Solo los que optaron por una fuga y una enorme cantidad de penurias pudieron contarlo.

Por suerte, el arte puede con todo y la historia también. Dos artistas dieron forma a los testimonios de los supervivientes. Un tercero, Shostakovich, escribió años después una sinfonía sobre Babi Yar y el antisemitismo. Ese barranco a las afueras de Kiev es, en verdad, el horror puro: el lugar donde los cadáveres levantaban la misma tierra que los cubría.

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