El crítico canónico

Harold Bloom camina hacia los 82 años, ha pasado, según tengo entendido, por tres bypass coronarios y, a la vista de sus últimas imágenes, parece difícil que alcance siquiera el cuarto. En el mundillo teórico no está demasiado bien visto; en realidad recibe más palos que una estera. Cuando se pusieron de moda los postcoloniales, las feministas y demás fauna que buscaba transitar desde la periferia del sistema a su centro, reaccionó con cajas (literarias) destempladas y se ganó odios por todos lados. Ahora, con la teoría literaria inmersa en el proceso de convertirse en una construcción edificada sobre otras construcciones, no le va mucho mejor. Y a mí ya me pueden ir llamando carca pero me alineo con este buen hombre a la hora de demandar que mis estimados alumnos (pasados, presentes y futuros) se dejen de zarandajas y lean a Shakespeare en lugar de aprender futilidades sobre ecofeminismo o literatura de negros homosexuales en Mozambique (así, a voleo).

Como Bloom no deja indiferente a nadie y es muy aficionado a las listas y al “este es mejor que aquel”, sus libros suelen venderse bien para lo que se estila en un crítico. De hecho, las editoriales publican algunos libros con serias taras. Es el caso de “Novelas y novelistas”, editado por Páginas de Espuma. Los fallos no vienen por parte del crítico (a pesar de que cometa el pecado imperdonable de llamar a Aliosha, protagonista de “Los hermanos Karamazov”, por el nombre de su maestro, Zósima), ni por el traductor, que además ha trabajado denodadamente para encontrar ediciones en español de las que extraer buenas traducciones de los múltiples fragmentos que Bloom cita. El problema con el que se encuentra el atento lector es que buena parte del libro fue escrito a mediados de los años ochenta. Esto, obviamente, no afecta a lo que el autor pueda opinar sobre Cervantes o Kafka (el mejor artículo del libro, un gnóstico judío destripando a otro), pero sí (y dramáticamente) a lo que dice sobre Saramago o Toni Morrison antes de que ganasen sus Premios Nobel. O peor aún: se da la circunstancia de que en varias ocasiones se cite la novela Mason & Dixon de Thomas Pynchon… y que en la página 866 se hable de ella como una obra por escribir cuyo título quizás sea La línea Mason-Dixon.

Por sin estos fallos no fuesen suficientes, Harold Bloom contribuye con sus obsesiones. Sobre 350 páginas se dedican a la novela hasta el siglo XX, sobre 500 al siglo pasado con una especial atención a la narrativa norteamericana. No hay espacio para Melville, Proust ni Joyce porque, teóricamente, sus obras pertenecen al ámbito de la épica (en realidad, si el “Ulysses” no la novela fundamental del siglo XX, que baje el Dios de las Letras y lo vea). No está muy claro que Anthony Burgess sea mejor novelista que Alejo Carpentier o James Baldwin más interesante que Claude Simon. De hecho, a William Gaddis no lo conoce “nadie” y es prácticamente un contemporáneo de Alexander Solzhenytsin. Es el mismo defecto que afeaba la polémica lista final de “El canon occidental” y que le granjeó odios cainitas por todo el mundo.

Después de todo esto, y mientras llegamos al final, me preguntarán: si este libro tiene semejantes fallas, ¿cómo se atreve a recomendarlo desde esta atalaya? Pues porque el panorama de Bloom ofrece muchos colores, algunos ignorados en España y en el resto de Europa. Porque su perspicacia y sus argumentaciones podrían convencer, cara a cara, hasta al más recalcitrante representante de los “Estudios Culturales”. Y porque es un hombre que, a pesar de sus errores, transmite una pasión desbordante por el hecho literario, contagia voracidad en la lectura y en el conocimiento. No sobran esas cualidades en el mundo crítico actual.

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