Un tipo entrañable

Aunque no soy yo luterano ni seguidor de cualquiera de las otras ramas del protestantismo, considero que hay casos excepcionales de personas que nacen predestinadas a una determinada posición, personal o social. Stéphane Hessel es una de esas personas. Cuando uno es hijo de Catherine y Jules y asiste en primera persona a la entrada en la vida de la pareja de Jim, acabar siendo un personaje público tiene algo de lógica (he utilizado los nombres ficcionales creados por François Truffaut en Jules et Jim por abreviar). A los 93 años, un diplomático francés ha entrado como un elefante en la cacharrería en las mentes de aquellos que podrían ser sus bisnietos. Lo hizo con un opúsculo, Indignaos, que ha recibido bastante más atención de la que merece. Ofrece respuestas sencillas (y rápidas) a problemas muy complejos, lo que no acaba de convencer a aquellos que somos algo aficionados a la serena reflexión.

Cabalgando sobre la ola del librito indignado, la editorial Destino ha rescatado la autobiografía de Hessel, escrita en 1997. El autor no se ha molestado, que sepamos, en actualizarla, más allá de un prefacio de página y media que no ofrece muchas respuestas. El material, como el de otros muchos que vivieron en la misma época, da para tres o cuatro vidas y una biografía de dos o tres tomos gruesos. La narración es bastante desigual y no queda a la altura de los hechos.

Pecado fundamental de Hessel: utilizar dos hilos narrativos diferentes. Hasta 1945 nos encontramos con una biografía lineal, organizada y entretenida, salpimentada por las vivencias familiares, los progresos académicos y los equilibrios del autor/narrador para conciliar su nacimiento alemán con su naturalización francesa. Las experiencias de guerra consiguen atraer de manera irresistible al lector: la Resistencia, Charles de Gaulle y Jean Moulin, el campo de exterminio de Buchenwald –cerca de la idílica Weimar– y las tretas de los prisioneros para escapar con vida de semejante infierno.

A partir de la guerra, Hessel cambia el modo de narrar y entramos en una estructura de carácter episódico, algo que no conviene a alguien que ha tenido una variedad de experiencias verdaderamente sorprendente. Sin descanso saltamos de la ONU a Argelia, de Indochina a Burundi, de Pierre Mendès-France a François Mitterand. Mientras la primera parte de la obra resultaba próxima a cualquier lector, la segunda se convierte en un farragoso ejercicio para todo aquel que no tenga un profundo conocimiento (muy profundo) de la política francesa, tanto interior como en relación a sus colonias y excolonias. Pongamos un ejemplo claro trasladado a España: a un francés quizás le interesen las hazañas ministeriales de Serrano Súñer o de Manuel Fraga, pero si ya nos vamos a Pepito Ruiz Solís o a Pío Cabanillas Gallas el asunto puede derivar fácilmente en el particularismo. Y ya no digamos si en lugar de hablar de figuras públicas nos trasladamos, como hace Hessel, a los intestinos de los partidos políticos, como la batalla Mitterand-Rocard por el control del Partido Socialista Francés.

En 2011 dejó este valle de lágrimas Jorge Semprún. Talento literario aparte (el de “Federico Sánchez” era mucho mayor que el de Stéphane Hessel), la trayectoria vital de ambos tiene muchas similitudes. Los dos han sido voces de la conciencia de la vieja izquierda, aquella que se ha trasladado desde posiciones originalmente socialistas o comunistas hacia la socialdemocracia y la participación decidida en la partitocracia, incluso desde su misma estructura gubernamental (Semprún como ministro, Hessel como diplomático). Hessel, además, con esa imagen de anciano entrañable e izquierdoso, ha logrado ser ancla de una pequeña (por ahora) revolución cultural. Qué quieren que les diga, yo prefiero basar mis análisis económicos en Stiglitz y Krugman y mis análisis políticos en los mejores diarios internacionales y algunos libros de referencia. Pero conviene no olvidar que a Dreyfus lo sacó Emile Zola de su cárcel en la Guayana Francesa con el “Yo acuso”, un libelo que está en el fondo de la obrita de Hessel. Pocas palabras, máximo resultado. Y todo gracias a un pensionista nonagenario de vida bizantina como las novelas.

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