Las tierras perdidas

Con la que está cayendo por la Zarzuela, todas las noticias de las que tienen cumplida información en las páginas anteriores de este diario, hubiera sido relativamente fácil encontrar algún libro con el que poner aún más en la picota al Duque de Palma o al mismo rey Juan Carlos. Pero se da la circunstancia de que mi lectura de esta semana, que cierra el año, tiene como protagonista a compatriotas de la reina Sofía. En verdad, los hechos de su familia sobrevuelan el destino de buena parte de los personajes de “Ciudades a la deriva”, trilogía novelesca de Stratís Tsircas que ha editado recientemente la editorial Cátedra. Ni que decir tiene que la edición responde a los estándares de calidad que siempre ofrece este sello. La introducción de Ioanna Nicolaidou es excelente y las notas a pie de página son completas sin caer en fárragos innecesarios.

Para el espectador de telediarios con poco conocimiento de Historia, Grecia viene a ser –en roman paladino– el culo de Europa. Un país con dos rescates encima, una conflictividad social que asusta, un sistema de partidos corrupto en el que los apellidos Papandreu y Venizelos se vienen repitiendo desde los años 20 y una vida cultural que palidece ante cualquier comparación con el pasado, ya sea inmediato o más alejado.

Pero Grecia, al margen de su legado filosófico y democrático, fue la primera potencia de la Historia que consiguió que sus conquistas en época de esplendor se consolidasen en forma de colonias. Hasta 1922, Izmir (Turquía) se llamaba Esmirna y estaba poblada en su mayor parte por griegos. Chipre y las demás islas del Egeo y el Jónico son islas griegas. Y más allá está la joya de la corona: Alejandría. La ciudad de Kavafis y Tsírcas, que ya no es de ellos porque el “simpático” gobierno de Gamal Abdel Nasser empujó en 1952 a los griegos fuera de la que había sido su ciudad durante veinticinco siglos.

Egipto fue escenario básico de la Segunda Guerra Mundial y hacia allí huyeron buena parte de los miembros de la Resistencia a la dictadura fascista de Metáxas. Allí encontramos en “Ariagni” y “Bat”, la segunda y la tercera novela de la trilogía, a su protagonista, Manos Simonidis. Un personaje íntegro, comprometido con sus ideas sin que le ciegue el sectarismo y también un imán para las mujeres. Sus conquistas comienzan a cientos de kilómetros, en Jerusalén, entre los brazos de Emmy Brobetzberg, una Emma Bovary pasada por el tamiz del sadomasoquismo y la ninfomanía, en “El club”, la primera novela. Por desgracia para él, a su alrededor se teje una tela de araña en la que abundan los enemigos. Especialmente escalofriante resulta “El Hombrecillo”, innominado durante las mil páginas de la novela, y que representa la ortodoxia estalinista con todas sus incoherencias y crueldades.

Y por encima de toda la peripecia de Manos y sus compañeros (Fanis, Parasjos, etc.) la tragedia de la Resistencia griega. Porque Grecia fue una víctima del miedo al comunismo de Churchill y otros gobernantes de la época. Porque muchos dejaron su sangre para derrotar al fascismo y recibieron como premio marchas de la muerte a través de los desiertos nubios y campos de concentración. Jorge II, abuelo de la reina Sofía, cómodamente instalado en Londres, que primero había defendido al dictador fascista, no tuvo reparos en permitir la injerencia británica en asuntos griegos, y evitó a sangre y fuego (Tsircas lo relata de forma magnífica) que el ejército se pusiese al lado de su pueblo. Cuando regresó a Grecia, se sometió a un plebiscito… con un censo electoral manipulado por los Aliados para impedir el triunfo de los comunistas. Y en la Guerra Civil, la gente como Simonidis fue aniquilada por defender la democracia. Es el laberinto de Grecia, con paradas en Jerusalén, El Cairo y Alejandría. Contado por un maestro del arte narrativo que exprime hasta el final los recursos técnicos que la novela ofrecía desde inicios de siglo XX. Un referente de la diáspora, de las tierras perdidas por la civilización de la Hélade.

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