Un triunfo indiscutible

No puedo resistirme a comentarlo, de verdad. Espero que me comprendan. Esta semana he empezado a creer en Papá Noel, yo que siempre he defendido a los Reyes Magos como pertenecientes a una tradición que no nace de la influencia de cierta marca de bebidas gaseosas sobre el aspecto del personaje en cuestión. Pero alguien ha debido de traernos este regalo. ¿Cómo si no explicar la retirada navideña de Lucía Etxebarría? La autora nos ha explicado unas cuantas milongas acerca de sus beneficios (obviando que solo con lo que se ha embolsado de los Premios Nadal y Planeta podría vivir dos vidas de las que llevan millones de españolitos de a pie) y de lo perjudicial que es la piratería (que lo es, desde luego).

Llega a la literatura, de manera un tanto extravagante como corresponde a un país de pandereta literaria como el nuestro, un fenómeno que pone en solfa de alguna manera la viabilidad del creador en la sociedad mercantil. Y precisamente aparece traducido un ensayo del historiador británico Tim Blanning acerca del estatus del músico en la sociedad desde 1700 hasta la actualidad. La tesis se enuncia desde el título (“El triunfo de la música”) y se completa de manera contundente en una conclusión en la que el autor acaba propasándose un poco al defender la completa victoria del arte musical frente a la decadencia y el desconocimiento de la arquitectura, la pintura o la misma literatura. O lo que es lo mismo: tras despreciar a los apocalípticos en el tema musical, decide Blanning ponerse a una jeremiada sobre todo lo que no sea música.

Si nos abstraemos de una comparación interartística innecesaria y poco argumentada encontraremos una lectura agradable, documentada y con el grado necesario de información para provocar al mismo tiempo una cierta curiosidad intelectual y una sensación de satisfacción creciente con el paso de las páginas. La estructura en solo cinco capítulos -categoría, propósito intrínseco, lugares de interpretación, tecnología y un último capítulo que asocia la música a avances sociales como los “derechos civiles” o el pleno reconocimiento de la homosexualidad en algunas sociedades- constituye un acierto evidente.

El punto de partida de Blanning es la situación de los músicos en el siglo XVIII. La mala fortuna del genio Mozart, despedido de una patada en el culo casi literalmente del palacio del arzobispo de Salzburgo, contrastaba con la vida cómoda de Haydn en Esterháza. Aún así, conseguidas las comodidades materiales, Haydn luchó por su libertad creadora. Wagner dio el paso casi definitivo al construir su teatro propio en Bayreuth y ejercer una poderosa influencia en Ludwig II de Baviera (el dueño del castillo en el que se basa la imagen de Disney). A partir de ahí, y ante el evidente fracaso (comercial y a nivel de público) de la música clásica producida de Schönberg en adelante, Blanning tiene que saltar a la música popular, comenzando por el jazz y acabando con el pop. Por ahí se puede encontrar el mayor fallo del libro desde el punto de vista de la historia del arte, pues francamente resulta complejo hacer una comparativa social sobre la influencia de Bono de U2 en contraposición con la de Mozart sin tener demasiado en cuenta las cualidades como creador musical de uno y otro.

Apartado con especial interés y que sostiene mejor la tesis de Blanning es el de la tecnología. El triunfo de la música en nuestra sociedad, su omnipresencia, se sostiene gracias a avances tecnológicos continuos. Hace unos años existía el walkman; a la vista del éxito de los inventos de Steve Jobs, solo era la avanzada del progreso, en términos de Conrad. A Blanning no le da tiempo (el original es de 2008) a tratar la explosión del “streaming”, que amenaza con dejar obsoleto el concepto de hilo musical asociado a las radiofórmulas. Y al lector lo asalta una pregunta: ¿qué nos esperará dentro de diez años? En cualquier caso, podemos anticipar que, cada vez que entremos en una cafetería o en una tienda, seguiremos escuchando música. Ese es el gran triunfo de lo musical. Y que en día como los que vienen seguiremos regalando discos y reproductores, además de libros. Desde esta columna les deseamos una Feliz Navidad.

Un comentario en “Un triunfo indiscutible”

  1. Sofia Comentó:

    Es interesante compartir el enfoque de Tim Blanning, quien traza un paralelismo entre Luis XVI y Carlos I Estuardo, como se verá, no por mero capricho. Lo último que leyó Lucho Capeto, aguardando ya la ejecución, fue Historia de Inglaterra de David Hume, de donde se interesó en la suerte de Carlos.
    Allí vio la actitud del rey inglés en un juicio de sentencia y veredicto preestablecidos, frente a los cuales desconoció la autoridad de esa “fracción del parlamento”, aseveró la infalibidad de los reyes y su cometido a la ley de Dios. Luego de justificarse en la divinidad, apeló a cierto populismo cuando aseguró estar para defender la libertad del pueblo inglés.
    Atribuída a Carlos, una obra póstuma donde se narran los últimos momentos del mártir obtuvo enorme divulgación y sirvió para crear un clima favorable a la eventual restauración. Este testamento político combinaba “firmeza con magnanimidad, resolución con clemencia”. Según legó a sus hijos Charly II y James II, “manténganse leales a los verdaderos principios de piedad, virtud y honor, y nunca les faltará un reino”.
    Al pasar a Luis XVI, Blanning comenta que no le sirvió de mucho tener esos dones en abundancia para mantener el reino y la cabeza. Como le dijo a su defensor Malesharbes: “Estoy seguro de que me harán perecer; tienen el poder y la intención de hacerlo. No importa. Concentrémonos en el juicio como si lo pudiera ganar; y lo ganaré, en efecto, desde que dejaré un recuerdo inmaculado”.
    A diferencia de Carlos, no cuestionó la competencia de la Convención nacional de juzgarlo, desperdiciando su carta de invocar el artículo de la constitución de 1791 en el cual se declara inviolable y sagrada la persona del Rey. Si en algo era único Lucho era en “no tener ni los derechos de un ciudadano ni las prerrogativas de un rey”.
    Para los estándares del arrogante y desdeñoso Carlos I, Lucho había sido un “modelo de compromiso y cooperación”. Lo resumen los sombreros: Carlos mantuvo el suyo durante todo el juicio, Lucho debió ponerse el gorro frigio.
    La historia de Inglaterra de David Hume no podía enseñarle a Lucho cómo salvar su vida sino cómo debía morir. Llegó a buscar la redención manifestando “Dios mio, qué feliz soy en tener mis principios! ¿Dónde estaría sin ellos? ¡Con ellos hasta la muerte me parece dulce! Sí, existe un juez incorruptible en el cielo quien sabrá cómo darme la justicia que los hombres me niegan aquí”. Acto seguido lo condujeron a la plaza de la revolución (Place de la Concorde). Allí el verdugo de nombre Sansón le cortó el pelo. Entre el bullicio de los tambores intentó dar un discurso con las palabras de “Muero inocente. Perdono a mis enemigos y espero que mi sangre sea útil a los franceses, que aplacará la ira de Dios”.
    Mientras los parlamentarios ingleses cosieron la cabeza al cuerpo de Carlos y lo enterraron en la capilla de San Jorge en Windsor, los restos de Lucho fueron llevados al cementerio Madeleine y ubicados dentro de un sencillo cajón. Era un entierro simbólico no solo del rey, también de
    también de la institución monárquica. A los ojos de los revolucionarios franceses, Lucho no era tanto culpable de haber cometido actos de traición sino de haber reinado, pues como dijo Saint Just, “ningún hombre puede reinar inocentemente”. En términos de un diario de la época, la sangre de Lucho Capeto derramada por el filo de la ley, limpiaba un estigma de 1300 años.
    Op. cit Tim Blanning, pp. 195-202.
    Feliz Año Nuevo

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