El engaño Franzen

Jonathan Franzen es el niño bonito de la novelística norteamericana. Ha sido portada de la revista “Time” acompañado por un rimbombante titular, “El gran novelista americano”, que ya es mucho decir con Philip Roth vivo. Ha aparecido en “Los Simpsons”, lo que siempre es un termómetro de la popularidad mundial de cualquiera. Hace unos meses publicaba “Libertad”, en teoría la gran novela americana de la década, la novela de la era de Obama, en la que se retrata el mundo con la visión del país de las barras y estrellas.

Franzen se pone a sí mismo el listón muy alto. Cree que la novela debe volver a Tolstoi, que es un referente para él. Como en España la crítica literaria es tendente al elogio desmedido y a descubrir genios deslumbrantes tres o cuatro veces al año, se han añadido al gigante de Yasnaya Polaina los nombres de Charles Dickens y Honoré de Balzac. Para estar a la altura de semejantes reputaciones hemos de suponer que este escritor ha dejado una obra maestra de carácter inmarchitable.

Pues con la crítica seria hemos topado, amigo Sancho. Después de una detenida lectura de las 667 páginas de la obra y de años de frecuentar a Tolstoi, a Dickens y (en menor medida) a Balzac, me atrevo a afirmar que Franzen está a años luz de ellos. De hecho, “Libertad” no pasa de ser una novela con una trama que podemos asociar a la de “Secretos de un matrimonio” de Ingmar Bergman, sin demasiados recursos narratológicos que muestren la habilidad del escritor, con una falta de respeto al concepto de “decoro” clásico que asusta, con ciertas piezas de la trama completamente previsibles y un manejo del lenguaje que, si la traducción es mínimamente correcta, no llega al notable. En resumidas cuentas, un libro, si me permiten la licencia, posmoderno a la manera almodovariana. Que está bien para quien le guste. Pero que no puede llegar a compararse con Tolstoi de la misma manera que cuesta comparar a Almodóvar con John Ford o el ya citado Bergman.

Hasta aquí la crítica de la obra de Franzen sin hacer lo que las nuevas tecnologías han bautizado como un “spoiler”, es decir, sin revelar lo básico del argumento de la novela. Si ya la han leído, sigan; si no la van a leer, adelante; si están ansiosos por acercarse a la librería y comprarla, pasen a la página de al lado.

La crítica literaria ha ido con esta novela, como con muchas otras, a buscar lo abstracto, la entelequia. “Temas eternos”, “sentimientos más ocultos e inconfesables”, “valor profundo de los sentimientos”, “profunda inteligencia moral del autor”, aquí tienen varios fragmentos “descriptivos” sobre la novela utilizados en España, EE.UU e Italia. Nada sobre el arte novelístico, sobre lo narrativo, lo ficcional y lo lingüístico que preceden a todas estas consideraciones hondamente filosóficas (nótese la ironía).

No veo yo dónde está el arte de la buena novela en construir un enorme flash-back sobre un relato autobiográfico en el que la voz narradora no es la de la autobiografiada sino la misma del resto del relato. Tampoco me parece nada exquisito que el narrador haga previsible la muerte de una de las protagonistas unas 300 páginas antes de que suceda, obviando el hecho de que el lector no es tonto. He leído muchas obras de Tolstoi (otro día me preguntaré a qué Tolstoi quiere parecerse Franzen) y no he encontrado ninguna escena en la que un cretino de 18 años que se acaba de casar se trague su alianza de boda para después buscarla entre su propia mierda (sic) en un lujoso resort de Bariloche (Argentina). El único personaje que parece medianamente bien construido, Walter Berglund, es portavoz de unas ideas del autor que son un pelo extravagantes (por malthusianas) y su obsesión por las aves traspasa la ornitología para entrar de lleno en el campo de la parafilia. La misma elección de cierto pueblo de Minnesota como centro de parte de la historia no acaba de contribuir al necesario cosmopolitismo que se le supone a una novela que debería ir de lo local a lo universal. En resumen: Franzen pretende contentar al crítico y dice no preocuparse del número de lectores. Para su siguiente novela yo probaría a hacer lo contrario o a pasarme al bando de su maldito amigo Foster Wallace. Así a lo mejor sale algo que sea bueno y no venda nada, que es lo que decía desear el escritor y no ha sido capaz de cumplir.

Addenda a la entrada del blog: Todo esto, queridos amigos, es una cuestión de horizonte de expectativas. Otro día hablamos de Estética de la Recepción, de H.R. Jauss y de sus consecuencias para el trabajo crítico/lector de todos los días.

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