Perestroika 2011

Hablar y leer sobre el final de la Unión Soviética me trae agradables recuerdos. Mis padres, en un denodado esfuerzo porque no fuese un ganapán, me ayudaban a mi tierna edad leer el periódico y me dejaban ver el Telediario de la noche (en aquel momento solo había una cadena, así que prescindiré de más precisiones), lo que hace que cierto señor con una mancha roja en la cabeza haga despertar en mí recuerdos del Lugo de los años 80. Y no son malos recuerdos, todo lo contrario.

Muchos años después de esta infancia, conforme adquiría mi ideología política, comencé a interesarme por la Unión Soviética al margen de la contingencia de su derrumbe a partir de 1989. Descubrí la existencia de Solzhenitsyn, al que solo pude leer cuando algunas editoriales españoles salieron de su habitual pasmo e hicieron que sus libros estuviesen en las librerías más decentes de una ciudad como Lugo. Esto sucedió hacia 2004. Casi nada.

Como el retraso en publicar determinados libros ya es algo endémico, no sorprende que el libro que les traigo esta semana a estas “gotas” fuese publicado en 1994 y a poco más aparezca por España en 2012. Se trata de “La tumba de Lenin” y retrata con una gran minuciosidad la caída del régimen soviético, comenzando por la llegada de Gorbachov al poder y terminando por su salida de él tras el golpe de Estado de 1991. El autor, David Remnick, ha adquirido cierta fama en los Estados Unidos por ser autor de las biografías de Muhammad Alí y Barack Obama. Pero antes de escribirlas ya había hecho méritos como corresponsal del “Washington Post” en la URSS y como director del “New Yorker”. En resumen, un tipo fiable, que ha vivido lo que cuenta y que además sabe relatarlo.

Toda Revolución necesita sus referentes morales. En el imaginario colectivo de Occidente, no sé exactamente por qué, este papel recae en Gorbachov. No poco debió de influir el hecho de que le concediesen el Premio Nobel de la Paz. La “perestroika” es un término para la Historia. Sin embargo, Remnick muestra con toda crudeza la realidad de las posiciones políticas del último Secretario General del PCUS: Gorbachov era alguien convencido de las virtudes del socialismo soviético y, a pesar de la “glasnost” y demás zarandajas, un tipo con serios reparos a la hora de tratar al más demócrata Yeltsin y ya no digamos a aquellos que reclamaban la recuperación de la memoria histórica.

Para referente moral de esos tiempos, y en ausencia de un Solzhenitsyn exiliado en los páramos del estado americano de Vermont, Remnick escoge a Andrei Sajarov. No le falta ninguna razón. Sajarov ha desaparecido de la memoria colectiva en Occidente y necesita urgente rehabilitación. Una buena oportunidad hubiese sido recordarlo con motivo de la muerte de su viuda, Yelena Bonner, también activista por los derechos humanos, acaecida en junio de este mismo año. Solo un periódico español se dio por enterado de la noticia. Se ve que no la atropellaron dos jabalíes.

Andrei Sajarov era un científico destacado, de hecho el padre de la bomba atómica soviética (con la inestimable ayuda del espía Klaus Fuchs). Al mismo tiempo era un humanista de nivel y un político incorruptible, lo que le valió el exilio interior y todo tipo de condenas en su país. No llegó a ver la democracia en Rusia, ya que un infarto fulminante lo mató en plena época reformista, un mes después de la caída del Muro. Ahora tendría noventa años y tampoco acabaría de verlo claro.

Y es que el libro de Remnick es, sobre todo, una crónica del ser ruso, del funcionamiento de un país que tardará generaciones en reponerse del terror leninista y estalinista. Desfilan ante su magnetófono y pluma los “padres políticos” de un Putin ex agente del KGB y de todos aquellos que buscan la recuperación de la Unión Rusa. De nuevo, la historia nos ayuda a comprender la geopolítica. A ver más allá de debates ligeros como plumas y de soluciones de anteayer para problemas de pasado mañana.

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