Cáncer

Siguen saliendo libros que han sido premiados a lo largo de 2011. Tranquilo, querido lector, las filípicas sobre premios mal dados se acabaron la pasada semana. Ésta necesito el espacio para algo mucho más importante: animarles a todos ustedes a que se lean un libro sobre un tema tan espinoso como es la enfermedad que, junto a las cardiacas, mata a más personas en el mundo civilizado: el cáncer. Ese libro es “El emperador de todos los males”, lo escribió un oncólogo estadounidense de origen indio –Siddhartha Mukherjee– y recibió el Premio Pulitzer de 2011 al mejor libro publicado en USA en la categoría de “No ficción general”.

Asumo que una parte de ustedes no pasarán de este punto por culpa de las malas vibraciones, los malos recuerdos, el hueco que deja la ausencia de una persona –familiar cercano, más lejano, amigo– al que la enfermedad maltrató y se acabó llevando a pesar de su lucha. Todos, sin excepción, hemos sufrido por culpa del cáncer. Y, por desgracia, seguiremos sufriendo durante bastante tiempo. Hemos avanzado mucho en la cura de determinadas variedades, otras permanecen prácticamente indestructibles. La medicina genética –sí, esa para la que sirven las células madre que algunos se empeñan en no conservar por culpa de un presunto “derecho a la vida” (desde luego no el derecho a la vida de los que necesitan quimioterapia)– abre una esperanzadora vía que ha triunfado con determinados casos, por ejemplo, los de mama que pueden ser tratados con un medicamento llamado Herceptin. Pero en el fondo, depende de la suerte de cada uno.

En todos los meses que he estado con ustedes no les he recomendado un libro más duro que éste. En ocasiones lleva al lector al borde la náusea, y no por culpa de los detalles morbosos. El autor utiliza un lenguaje exquisito y se puede decir que ahorra al lector todas las imágenes difíciles que puede, pero no siempre consigue evitar que el lector deposite el libro por un instante en sus rodillas o en la mesa y tome aire profundamente. Les pondré dos ejemplos: es vomitivo el cinismo de las compañías tabacaleras, de todos los políticos que las apoyan (congresistas de estados del Sur de USA, productores en masa de tabaco) y de publicitarios como los de la serie “Mad Men” (recién estrenada en España en abierto), que disimularon contra todo informe científico serio los peligros del tabaco; y no menos repugnante, por lo que tiene de infracción de todo código ético, es la investigación oncológica que manipula vidas y datos para simular un éxito que no tiene. Pongan Werner Bezwoda en Google y prepárense para quedar ojipláticos.

Para colmo, Mukherjee nos sumerge en la enfermedad comenzando con los seres más vulnerables: los niños. No podemos culparle: muchos de los avances más importantes en la medicina oncológica se han producido, como demuestra el autor, a partir del estudio de distintos tipos de leucemia que se manifiestan en la infancia. A mayor abundamiento, el cáncer comenzó a ser una enfermedad políticamente visible en los Estados Unidos a raíz de los esfuerzos de los “laskeritas”, un grupo de presión que utilizó como bandera a Jimmy, un niño con leucemia (que azares del destino, fue el único niño de su grupo en salvarse de la enfermedad. Murió de un derrame cerebral en 2001).

Y cuando el lector piensa que la cosa no puede ponerse peor, aparece el sarcoma de Kaposi, un cáncer que se desarrolla en enfermos de SIDA. Y ya tenemos dos de las tres grandes epidemias de la modernidad juntas en un solo libro. ¿Por qué leer, entonces? Por curiosidad y esperanza. Hay personas que prefieren cerrar los ojos, permanecer ignorantes ante la extrema contundencia de la enfermedad. Es comprensible, pero el saber tranquiliza, y al saber se llega a través de la curiosidad. Y por esperanza, la de que un día no muy lejano los investigadores conviertan a un paciente de cáncer, como mínimo, en un enfermo crónico en lugar de uno abocado a una muerte extremadamente dolorosa.

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