Semanas de premios

Con el final del verano (que no parece tal) y la llegada del otoño llegan muchas novedades literarias y muchos eventos relacionados con los premios literarios. Hace un par de semanas, el Nobel a Tranströmer. La pasada, el Planeta a Javier Moro. Esta semana, la entrega del Príncipe de Asturias a Leonard Cohen. Para que quede claro: el Nobel es un premio serio; el Príncipe de Asturias un cachondeo que se da sin ningún criterio literario desde que lo recibió Arthur Miller (bien, les concedo a los lectores más avispados el premio a Ismael Kadaré) y que en esta ocasión recibe un Leonard Cohen que es poeta del montón (y un cantautor sobresaliente) pero que da lustre al galardón y se ha presentado en Oviedo en tiempo y forma; y lo del Planeta es simplemente una vergüenza, inédita en todo país civilizado en cuanto a lo literario se refiere, una operación comercial con apoyo institucional y objetivo navideño exenta de toda calidad y de la seriedad que otorga a premios como el Booker, referencia en el mundo anglosajón, el hecho de ser otorgados por jurados serios a novelas ya publicadas que no dependan de una u otra editorial.

Precisamente se publica ahora en español “Parrot y Olivier en América” la última novela de Peter Carey, uno de los dos únicos escritores que ha ganado el Booker en dos ocasiones (el otro es el surafricano Coetzee). Este escritor australiano representa a la perfección la riqueza de una literatura que, tras la muerte de Patrick White, ha podido encontrar referentes en él y en el poeta Les Murray. Carey, nacido en 1943, tuvo una aparición inicial fulgurante en el panorama internacional con “Illywhacker” y “Óscar y Lucinda” (se la recomiendo, aunque tendrán que leérsela en inglés porque la traducción está agotada) y desde los ochenta se ha mantenido en una línea de novela enraizada en lo mejor de las tradiciones inglesa y de la Commonwealth.

Una de las cosas que se agradece de un autor como Peter Carey es que, siendo de un lugar tan peculiar como Australia, evite temáticas manidas sobre su país. Vamos, lo que no hacen los bestsellerados españoles con la Guerra Civil, el glorioso pasado imperial o las reflexiones femeninas en la postmodernidad. A Carey le ha atraído en esta ocasión escribir sobre la naciente democracia americana y su peculiar relación con la cultura francesa, que en esta novela representa Olivier de Garmont.

Tres nombres franceses adornan la contribución francesa a la independencia americana: Lafayette, general al servicio de los rebeldes; Beaumarchais (sí, el autor de “Las bodas de Fígaro” fue un importante muñidor de esa independencia) y Alexis de Tocqueville, el autor de “La democracia en América”, libro que miente en su título porque su autor está muy dispuesto a hablar de cualquier cosa sobre los Estados Unidos, sea relacionada con la política o no.

Carey ha confesado que Garmont está construido sobre la plantilla de Tocqueville. Los dos nobles, franceses, con antepasados que vieron su cabeza rodar en el Terror robespierrano y con una misión encargada por el gobierno: la de investigar el sistema penitenciario americano. Por suerte el estudioso francés no se dedicó solo a eso y Garmont tampoco.

Pero hay una diferencia fundamental entre ambos: Tocqueville viaja con Gustave de Beaumont, otro noble francés. Garmont lo hace acompañado por Parrot, criado cincuentón de la estirpe de Sancho, de vida azarosa, ayudante de monedero falso, deportado a Australia con su padre, enamorado de una turbulenta pintora, amanuense de Olivier, impresor de gran valía. Y además, recurso del autor para construir la ficción a base de un torrente epistolar alternativo que le da bastante ritmo a la novela.

Antes de hacer partir allende el Atlántico a Olivier de Garmont, Carey nos ofrece un ácido retrato de la molicie de la nobleza francesa que sucumbió ante la Revolución y años después protagonizó algunas fallidas restauraciones. El apodo del protagonista, “Lord Migraña” no es más que un justo descriptor de su debilidad, aunque es de justicia reconocer que su aspecto enclenque, su mala salud y su dependencia materna no le impiden ser capaz de valorar la nueva nación.
El contrapunto que resulta ser Parrot frente a Olivier y los vaivenes de su relación acaban por eclipsar la posible intención de Carey de retratar la democracia americana desde una perspectiva histórica. Las mejores reflexiones sobre el particular están en los momentos en los que la novela expira, con pensamientos sobre el desarrollo del arte y la existencia de una clase ociosa. En fin, una buena oportunidad histórica perdida a favor de la verdadera ficción. Para la historia ya tenemos a Tocqueville.

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