El secretario

Estoy leyendo una historia del cristianismo que, ya les anticipo, aparecerá por estas “Gotas de Tinta” en unas semanas. Por allá me topo con el primer rey de Inglaterra, el rey Alfred, que ostentó el gobierno entre el 871 y el 899. Es decir, la corona británica se ha mantenido en el poder durante un milenio casi de manera ininterrumpida. Y la clave de esta frase está en el “casi”. Durante un breve lapso de tiempo, como sabrán aquellos que disfruten de la historia, el Parlamento se impuso sobre la Corona y fue incluso capaz de proclamar la República de la mano de Oliver Cromwell y su ejército de puritanos. Entre las personas que rodeaban al Lord Protector, una de ellas llamaba especialmente la atención: su secretario de cartas latinas. Un tal John Milton. El mayor poeta en lengua inglesa que yo conozco y un apasionado defensor de las libertades, sobre todo en su opúsculo “Areopagitica”, que ahora ofrece la Editorial Técnos en una preciosa edición bilingüe.

John Milton no ha sido bien tratado por las corrientes críticas anglosajonas del siglo XX. Los más recalcitrantes anglicanos y católicos, como C.S. Lewis y T.S. Eliot enfrentaron su poesía con las anteojeras religiosas y la denostaron por ser subversiva. Sus sucesores de los movimientos más volcados hacia el estilo detestaban su tratamiento del inglés como si fuese una lengua muerta. ¿Y qué decir de los Estudios Culturales y Post-Coloniales? Demasiado teocéntrico, demasiado machista, demasiado de todo para ellos. Pese a ello, “El Paraíso Perdido” se yergue como una obra central del canon. En particular el personaje de Satanás, villano a la altura del peor de todos (que para mí es Yago, el antagonista de Otelo), pero que cuenta con la simpatía hacia el rebelde que todos tenemos. Es un derrotado perpetuo, pues su victoria sobre Dios y Jesús montado en el Mercaba es imposible. Pero no desiste en la lucha ni cuando se hunde en el mar de serpientes, dos cantos antes del final.

La “Areopagitica” es un panfleto, necesariamente breve por lo tanto, que Milton dirigió al Parlamento con objeto de impedir el desarrollo de la ley que imponía la censura a todo lo publicado en Inglaterra y prohibía la importación de libros del extranjero, coartando así la posibilidad de desarrollo del conocimiento. Milton defiende, en lugar de una interpretación a priori de la ley, una a posteriori: siempre se podrán destruir aquellos libros de contenido licencioso o inadecuado. Sin embargo, hacerlo antes constituye un exceso que empobrece el grado de libertad que todo pueblo debe tener.

Desde su mismo título (el Areopago era una colina griega a cuyo pie se reunía un consejo de ciudadanos que el filósofo Isócrates trató de resucitar en tiempos de la polis griega) el tratado abunda en referencias grecolatinas. Paradigma de la libertad de prensa es la Roma del siglo primero antes de Cristo, en la que Catulo desarrollaba sus en ocasiones soeces épodos, Lucrecio su epicureísmo con toques del más recalcitrante ateísmo y Tito Livio su toma de partido por Pompeyo en lugar del vencedor César. Paradigma de todo lo contrario es la cerrazón de la Iglesia católica, representada por la Inquisición sevillana (que de la mano de Felipe II había dado a luz una norma similar a finales del XVI) y por la Inquisición italiana, que había atacado a Galileo, amigo personal del propio Milton.

Dejamos para el final un aspecto que resulta de gran interés: el de la traducción. Milton es uno de esos autores a los que cuesta no traicionar. Ya hemos dicho que trata el inglés como al muerto latín, y por lo tanto en su prosa abundan los hipérbatos y las palabras más complejas. El espíritu del léxico de la obra no es recogido por el traductor, Joan Curbet, que se queda muy lejos del nivel alcanzado por la magnífica y ya agotada traducción para el FCE del poeta Josep Carner. Sin embargo, el acierto de convertir en bilingüe la versión compensa este fallo y hace que los lectores puedan disfrutar de este clásico sin perder por un instante ni un gramo de aquello que lo hace especial.

9 Comentarios en “El secretario”

  1. Anacronismos los justos, please Comentó:

    “Paradigma de la libertad de prensa es la Roma del siglo primero antes de Cristo, en la que Catulo desarrollaba sus en ocasiones soeces épodos, Lucrecio su epicureísmo con toques del más recalcitrante ateísmo y Tito Livio su toma de partido por Pompeyo en lugar del vencedor César…” (blogger)

    Al mayor orador de todos los tiempos –o sea, Cicerón– le costó la vida y una muerte infamante el haber visto publicadas sus “Filípicas”. Fue en Roma el año 43 a. C., en pleno siglo I antes de nuestra era. Vaya libertad de prensa…

  2. Anacronismos los justos (y 2) Comentó:

    Tiene su miga la forma en que Plutarco describe en sus ‘Vidas paralelas’ cierto detalle del asesinato político de Cicerón:

    “…[El centurión Herennio] le cortó por orden de Antonio la cabeza y las manos con que había escrito las ‘Filípicas’; porque Cicerón puso el título de ‘Filípicas’ a los discursos que había escrito contra Antonio, y que hasta hoy conservan ese nombre”.

    Libertad de prensa ésta algo “sui generis”, por decirlo en latín, ¿no cree?

  3. admin Comentó:

    Gracias por sus comentarios:

    En primer lugar, déjeme aclarar que el argumentario de la entrada es de Milton, no de un servidor.

    Por razones de espacio, en el periódico no he podido comentar ni el caso que usted expone, el de Cicerón, ni otros manifiestamente sangrantes como el de Ovidio durante el reinado de Augusto (y no me refiero al hecho de su exilio, quizás provocado por la influencia de su “Ars Amandi” sobre Julia, hija de Augusto, sino a la duración de éste, que no pudieron aminorar ni las “Tristia” ni las “Epistulae Ex Ponto”) o el de Séneca durante el Imperio de Nerón.

    En cualquier caso, y aunque sea anacrónico, sí es posible comparar la situación romana con la de la Commonwealth británica que vivió John Milton (obviamente, una comparación actual se quedaría obsoleta, y mi intención no era proclamar Roma como el paradigma absoluto de la libertad de publicación), y eso se hace en la “Areopagítica”. Recordemos que en 1600 había sido quemado Giordano Bruno y que poco después Galileo tuvo que renegar de sus ideas. Antes de eso Copérnico había rehusado publicar en vida “De revolutionibus orbis celestis” por miedo a correr una suerte similar. En Inglaterra, con el auge de la Reforma, estaba vivo el recuerdo histórico de los “lolardos” y Wyclif. Milton es consciente de las imperfecciones de la cultura romana (si hubiese citado la griega, usted podría haberme hecho la misma objeción con la muerte de Sócrates o el ostracismo de Fidias) pero es de reconocer que la tolerancia en Roma aún era ejemplar diecisiete siglos después, algo que desafía ciertas nociones de progreso histórico que corren por ahí.

    Sobre el asesinato de Cicerón, sabe usted también que se produjo en un momento especialmente convulso, cuando disipados los ecos del intento de Catilina de una revolución antisenatorial, Cicerón ya no podía ser visto como un padre de la patria (republicana) sino como un obstáculo para la constitución del Imperio, objetivo tanto de Antonio como de Octaviano. Él denunció a Antonio lo mismo que denunció a Catilina. Por diferentes razones. Con Catilina lo hizo ante un Senado abierto a eliminar al “enemigo del pueblo”, con Antonio ante una aristocracia que ya no estaba dispuesta más que a caer en la dictadura, que primero había intentado imponer César y finalmente obtuvo Octavio tras la ruptura del segundo triunvirato.

    Le pondre otro ejemplo para acabar. Y este no de Milton, sino mío. Es conocida la libertad religiosa de los romanos. Su panteón politeista admitía cultos de todos los lugares siempre que los suyos fuesen respetados. Esa situación, ahora mismo, no se da más que en escasos lugares del mundo (imaginémonos que se dejase a los cristianos tener su religión en Arabia Saudí solo con que reconociesen que el estado es oficialmente musulmán. Sería Jauja). Y sin embargo usted me podría decir que Clodio Pulcher fue asesinado por su sacrilegio al inmiscuirse en las fiestas de la Bona Dea o que los cristianos fueron perseguidos por Nerón. Y yo opondría el todavía magnífico (para la época) Edicto de Trajano sobre la (no) persecución de los cristianos en Bitinia, escrito a Plinio el Joven.

    Todo tiene sus excepciones. Comparar no es caer en el anacronismo, o no siempre. En todo caso, mantengo abierta la discusión: aquí tiene usted a un corresponsal con el que disputar sobre el asunto. Un saludo.

  4. Sofia Comentó:

    Su defensa de las libertades, tal vez se debiera a su humanismo cristiano, cuando escribió:
    “A aquellos que han apagado los ojos del pueblo, reprochadles su ceguera.”

    en lo que se refiere a su ceguera en la ancianidad, recordemos lo que dijo Borges: que la poesía tiene una entrañable amistad con la ceguera.

  5. admin Comentó:

    ¿Humanismo cristiano en Milton? Difícil cuestión. Yo lo dejaría en humanismo a secas. El concepto de humanismo cristiano que se suele manejar (y que me atrevo a afirmar que usted maneja) no va mucho más allá de la encíclica “Rerum Novarum” de León XIII (y esto forzando mucho la nota). Anacronismos los justos, como ha dicho otro comentarista de esta entrada. Milton ha sido rechazado por los críticos citados en la entrada, que representan respectivamente al anglicanismo y el catolicismo más ortodoxos.

    Y defensa de las libertades… dejémoslo en defensa de la libertad de prensa. Como puritano y adicto a Cromwell se me hace difícil imaginar a Milton defendiendo la libertad religiosa (de hecho no lo hizo y defendió a capa y espada el puritanismo que profesaba), la libertad política (eso le costó el cuello al rey Carlos) u otro tipo de libertades e incluso entretenimientos (la historia, quizás injustamente, nos habla de una Inglaterra cromwelliana con un siniestro toque ginebrino-calvinista).

    Me alegro de que la entrada sobre Milton haya generado el mayor volumen de respuestas de este blog. Gracias a los lectores.

  6. Anacronismos los justos Comentó:

    “…comparar la situación romana con la de la Commonwealth británica que vivió John Milton… Recordemos que en 1600 había sido quemado Giordano Bruno y que poco después Galileo tuvo…” [blogger]

    Si la comparación la hacía Milton en términos de gran “libertad de prensa”, entonces sufría el mismo grado de ceguera ideológica que su contemporáneo John Locke, que excluía por principio a los católicos de su modelo liberal, en el sacrosanto nombre de la tolerancia… Y digo que debía de estar ciego Milton porque en vida suya se produjeron las atrocidades del mesiánico Cromwell en Irlanda, su persecución obsesivamente religiosa de anglicanos, católicos y blasfemos, el cierre de teatros y lugares de esparcimiento… Y Milton por lo visto, que era ministro de esa nueva teocracia ginebrina dirigida por el iluminado, ni vio ni oyó nada…

    “…Y yo opondría el todavía magnífico (para la época) Edicto de Trajano sobre la (no) persecución de los cristianos en Bitinia, escrito a Plinio el Joven…” [blogger]

    No se preocupe, don Javier, que –como dice el personaje de Júpiter en la estupenda película ‘Escipión el Africano’– “al final siempre llega el día peor…” Al final siempre hay un Galerio y un Diocleciano para anegar todos los tolerantes y civilizados sentimientos en un buen baño de sangre inocente (y no me tenga por ningún determinista ni fatalista grecorromano, por favor :-)

    Gracias a usted por este agradable intercambio.

  7. Sofia Comentó:

    Pués yo creo que de su paso del catolicismo al protestantismo, aunque tuvo desviaciones arrianistas (LA TRINIDAD), y es verdad que fué anticatólico,después del abandono de su padre, sin embargo se involucró en la idea de la no dominación de la Iglesia por el Estado, y en sus escritos subyace la idea de Dios y el Cosmos, desde su puritanismo protestante escribió las poesías sobre la virtud y el vicio , y la forma de triunfar a través del sacrificio. Creo que tenía convicciones e idealismo religioso profundo.

    ¿acaso no habla de la salvación a través de Cristo en su obra “El paraíso recuperado”?
    .Y sí defendió la libertad de expresión, en el contexto de la época.
    Para mí su mayor genialidad es que traza sus textos reflejando los clásicos que influyeron en él.(politeístas por cierto).
    Le pido indulgencia, soy sanitaria y sólo lectora.

  8. admin Comentó:

    Siempre es un placer discutir con personas como usted. Sobre Locke podríamos disputar, aunque quizás habría que achacarle una excesiva fidelidad orangista y una falta de escepticismo religioso. Un escepticismo en este tema que sí poseía el actualmente denostado por (presuntamente) autoritario Thomas Hobbes.

    Sobre Milton, como habrá comprobado en mi respuesta a Sofia, estamos plenamente de acuerdo. Conviene no mezclar su excepcional talla como poeta, inigualada en el mundo anglosajón a mi modo de ver, con su actuación política.

    Por suerte, a los Galerios y Dioclecianos se oponen los Antoninos Pios (perdón por tanto plural), gobernantes desde la tolerancia. Y conste que Diocleciano tiene una pésima fama dada por las “Actas de los mártires”, que ofrecen cifras muy infladas sobre el asunto.

    Le invito a que, con los conocimientos que demuestra, participe más a menudo en el blog. Yo siempre encontraré un minuto para discutir con alguien con tantos conocimientos. En particular, le gustará la “Historia del cristianismo” que tengo en cartera.

  9. admin Comentó:

    Indulgencia… no es necesaria, no me pida tal cosa. Disputemos sobre pasiones comunes y no piense que yo soy alguien tan preparado como para concederle esa indulgencia. En esta entrada estoy de acuerdo en muchos puntos con usted. Las convicciones religiosas de Milton son indiscutibles, su conocimiento e influencias bíblicas y grecorromanas indiscutibles también.

    Gracias. Y no se menosprecie. Marañón y Ramón y Cajal también eran “sanitarios lectores”. Y ya ve. Saludos

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