A galopar

9 de mayo de 2012

La última vez que hablé de libros sobre la Guerra Civil en esta columna me llevé un buen rapapolvo. Fue gentileza de mi buen amigo, humanista e historiador Marcos Villares, que me afeó el haber dejado en buen sitio la historia del conflicto armado realizada por Anthony Beevor. Realmente él tenía razón: a pesar de la buena salida comercial de la obra unos pocos años han bastado para que, en la enorme monografía que reseñamos hoy, no haya ni una sola referencia a Beevor. Como se dice en “El burlador de Sevilla”, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. La mía queda saldada.

Una vez que les he dado la tabarra con mis ajustes de cuentas personales, vamos al meollo de la reseña. Ha vuelto a caer en mis manos un libro de la editorial “Pasado y presente”, proyecto que lleva Gonzalo Pontón, antigua “alma mater” de la Editorial Crítica. Sigo considerando el libro de Josep Fontana en esta editorial como el mejor que se ha publicado en los dos últimos años en este país. Con semejante precedente encontrarme otro libro de Historia no era mala noticia. Siguiente alegría: en la portada aparecen fundamentalmente nombres de historiadores que tienen a gala hacer bien su trabajo. El editor Ángel Viñas, Paul Preston, el mismo Fontana o José-Carlos Mainer, verbigracia.

Y estos profesionales están, dicho sea con todos los respetos, muy cabreados. Con el intrusismo y la falta de rigor científico. Pero, sobre todo, con el hecho de que la corrupción de la profesión de historiador haya llegado al meollo mismo de las instituciones que deberían regir el buen hacer en esta disciplina. “En el combate por la historia”, con título inspirado en Lucien Fevre, nace como una reacción al atentado cometido por la Real Academia de Historia en el ya famoso “Diccionario Biográfico Español”. Aunque la información vuele en estos tiempos de Twitter, seguro que los lectores no han olvidado la polémica generada alrededor de una obra que consideraba a Franco un “valeroso militar” en lugar de un dictador y a Manuel Azaña la imagen de un “republicanismo democrático inexistente” (sic). Contra ella se levantan estos profesores, en su mayor parte catedráticos y todos ellos exhaustivos a la hora de investigar.

La obra se estructura en cuatro partes de tamaño similar: la República, la Guerra, el Franquismo y un capítulo biográfico en el que brevemente se dibujan las siluetas de los principales actores de la época más convulsa de nuestra historia. Les aconsejo que prescindan del Epílogo, lleno de sobreentendidos y de juicios de valor que no hacen justicia al tono del resto de la obra, fundamentalmente aséptico. Si son de derechas (muy de derechas) y quieren una condena a Carrillo, vayan a la página 800. Si son muy de izquierdas y creen que Franco era un inútil (al margen de un asesino, que también), vayan al perfil trazado por Paul Preston. Los apoyos documentales, en ambos casos, son considerables. Eso sí, la tozuda realidad no la cambia nadie: la República era un gobierno legítimo que fue derrocado por un golpe de Estado en toda regla.

Son mil páginas. Y no son la alegría de la huerta. Quiero decir con esto que, a pesar de los esfuerzos de la crítica, la obra está destinada a venderse cuarto y mitad que las de un, pongamos, César Vidal. No hay emisoras de radio, ni televisiones ni (casi) periódicos que bombardeen al personal y le ofrezcan lo que quiere escuchar. La historieta vende, la historia no. Qué le vamos a hacer.

Apocalíptico con razón

3 de mayo de 2012

Ya les hablaba la pasada semana del nuevo libro de Mario Vargas Llosa, que contenía una serie de visiones y opiniones que iban a levantar una cierta polvareda. No me equivocaba ni un ápice, y desde entonces he visto algunas discusiones apasionadas sobre la obra del académico peruano. Como les decía el pasado sábado, el Nobel de 2010 ha abandonado las siempre templadas aguas de los “integrados” para pasarse a los furibundos oleajes “apocalípticos”. Ambas nociones fueron acuñadas, en lo que al análisis de la cultura se refiere, por Umberto Eco en 1965, y han hecho fortuna a pesar de que las circunstancias han cambiado mucho.
Los que me sigan o me conozcan (pocos, ventajas de la ausencia de fama) sabrán que siempre me he inclinado por cierta visión catastrofista. Desde mis primeros años en la Filología he luchado contra la mercantilización en la literatura y la creación de valores estéticos en función del número de ceros que sigue a un uno en la cuenta corriente o el número de ventas de tal o cual autor. Avanzados mis estudios encontré argumentos para rebatir a aquellos que van por el mundo crítico afirmando sin rubor que “El Quijote” fue un best-seller. Cuando llegué al curso de doctorado comprobé lo necesario que era que hubiese un conservador cultural en medio de fenomenólogos, admiradores de Lacan, estudiosos de los sistemas literarios minorizados o minoritarios y pragmáticos literarios. Huelga decir que todos estos estudiosos han hecho una sólida carrera académica basándose en el atomismo de la literatura y la estulticia académica.

Dice Juan de Mairena: “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”. Yo, como el porquero, no estoy muy de acuerdo con Don Juan, pero en temas de argumentación cultural está claro que los porqueros no tenemos la capacidad de persuadir que tienen los Agamenón. Soterradamente, lejos de la abrumadora mayoría de habitantes de departamentos, barandas de editoriales y lectores de gatillo fácil a la hora de divertirse, ha nacido una generación de intelectuales a disgusto con el desarrollo de la cultura en los últimos años del siglo XX y en los primeros del siglo XXI. Mario Vargas Llosa da la voz a esas personas.
Porque la noción de “cultura” que han propuesto los antropólogos (y que un admirador de Marvin Harris como yo no puede menos que compartir) no es una verdad de fe. Y no justifica la consideración de la moda, la alta cocina o la música (sic) de John Cage como elementos básicos de la formación intelectual de cualquier individuo culto. Que algo sea divertido lo convierte de inmediato en algo bueno ni merecedor de reconocimiento. La belleza no solo está en la sonrisa o el argumento fácil. El editor Lara rechazó en su momento “Cien años de soledad” porque Gironella era un best-seller. Y actualmente suele olvidarse que hay escritores que quieren crear, no ganar ni divertir.

Hasta aquí, las alabanzas a Vargas Llosa y, sobre todo, a sus ideas. Ahora, los palos. Para empezar, el hecho de que el libro tenga 226 páginas, de las que 70 son antiguos artículos en prensa que sostienen argumentos anteriores. ¿Peca Vargas Llosa a la hora de no hacer un libro de 500 páginas sobre el particular? Si uno piensa mal, suele acertar: los ensayos de 500 páginas sobre cultura no suelen venderse bien. Aunque el tema lo merezca. Por otro lado, ¿era necesario comenzar en lo literario y deslizarse perceptiblemente hacia el credo político-liberal de Don Mario? Creo que no. Pero qué narices, vamos a perdonárselo. Si París bien valía una misa, cuatro verdades sobre banalización bien merecen el acompañamiento de un sermón liberal.

El valor de saber narrar

26 de abril de 2012

Hay semanas en las que los temas parecen perseguir al crítico. Los libros se agolpan en la mesa y todos, o muchos, trazan círculos alrededor de un mismo asunto. La pasada semana hablábamos de una novela muy compleja y, por su causa, del valor relativo del entretenimiento y la experimentación a la hora de juzgar una obra de arte literaria. Esta semana ha caído en mis manos una recopilación de las mejores novelas negras de Graham Greene, al mismo tiempo que ha comenzado a llegar a las librerías el último ensayo de Vargas Llosa. Según se comenta (ya hablaremos de él otro día), el Nobel peruano ha desertado del bando de los “integrados” y ha pasado a los “apocalípticos”, en palabras de Umberto Eco.
Volvamos con Graham Greene. Para hablar de las “Cinco novelas” que presenta la editorial RBA en una gruesa y cuidada edición necesitaríamos un par de páginas de periódico. Quizás también la ayuda de Grial Parga, compañero de fatigas pero aplicado al séptimo arte. Al no tener ni una cosa ni otra, tendrás que conformarte, discreto lector, con las pocas palabras del crítico literario en su rincón.
Hacer buena ficción no es sencillo. Me refiero a hacer historias que enganchen y que al mismo tiempo huyan de lo esquemático (en la trama) y lo estereotipado (en los personajes). Graham Greene es un narrador maravilloso, quizás porque siempre fue consciente de sus limitaciones a la hora de teorizar sobre literatura o hacer filosofía (y política) con sus novelas. Técnicamente, posee habilidades que se encuentran en otros escritores “populares” como Agatha Christie y que para sí quisiera, verbigracia, Almudena Grandes. Sus novelas son rompecabezas en los que las piezas encajan sin necesidad de ser forzadas. El hecho estilístico de rehuir la autoficción (tan de moda en la actualidad) y las digresiones hace que la lectura sea, además, muy digerible.
Para la crítica anglosajona la novela que abre el quinteto, “Brighton Rock”, resulta más “seria” que las puramente dedicadas al espionaje. Nos encontramos ante la descripción de los bajos fondos de una pequeña ciudad inglesa. En realidad, describir es lo que peor hace Greene, por lo que pasadas una páginas el lector echará de menos la “grandeza” de “El Padrino” y no encontrará demasiada gracia en el joven Pinkie.
“El agente confidencial” y “Nuestro hombre en La Habana” pueden leerse en la misma clave. Novelas puras de intriga y espías, con trasfondos muy complejos (la Guerra Civil española –aunque Greene siempre se mostró reticente a reconocer que ese era el conflicto que se retrataba– y la Cuba de Batista en vísperas de la Revolución Cubana). La segunda tiene un aire quijotesco por lo paródico: dentro de la novela de Greene se desarrolla la novela absurda de Wormold, que realiza planos basándose en las aspiradoras.
Y claro, para el final hemos dejado “El tercer hombre”. La novela es magnífica, pero Orson Welles era capaz de eclipsarla. Con su actuación y con el famoso pasaje sobre la paz y la democracia suizas y el reloj de cuco, que añadió en un momento de inspiración para reforzar el cinismo de Harry Lime. Y no crean que se olvida uno fácilmente de Joseph Cotten. Ante tamaña obra cinematográfica cabría rendirse. No obstante, conviene recordar el papel básico de Greene para la construcción de filme: su estrecha colaboración con Carol Reed, la confección de novela y guion y la paternidad de la famosa escena de la aparición de Harry a la luz de una ventana en la que chilla una señora vienesa.
Greene ofrece un placer multiforme. El de la narración bien hecha, el del maridaje con el cine y el del mero entretenimiento, basado en la más típica novela de aventuras. No es poca cosa para los tiempos que corren.

Novela y mito

12 de abril de 2012

Desde hace casi cinco años peleo, siempre con denuedo pero con resultados dispares según la semana o el mes, contra una tesis doctoral en Teoría de la Literatura. No les voy a dar la paliza ni con un resumen del asunto ni con la utilidad que tiene en los últimos tiempos ser doctor en una disciplina de letras. Les recomiendo que busquen las noticias sobre los Parga Pondal o Ramón y Cajal y después me cuentan (si quieren). Me limitaré a decir que la tesis trata sobre la relación entre el mito y la novela.

La novela nació ayer por la mañana. Incluso si nos ponemos estupendos y admitimos que la sátira menipea o las “Etiópicas” de Heliodoro de Emesa son ejemplos de este género, no podemos remontarnos mucho más allá del siglo IV a.C. El mito hunde sus raíces más allá de la noche de los tiempos. Algunos, como Tusón Valls, sostienen que la metáfora conformó la mente humana primitiva. Es difícil de comprobar, pero es mucho más sencillo sostener que, una vez que el hombre fue sedentario y su cerebro estuvo adecuadamente poblado de sinapsis, no buscó en la ciencia la explicación a aquello que no lograba entender porque escapaba a su control: la buscó en el mito.

Con el paso de los siglos, el mito ha ido perdiendo ese valor explicativo sobre el cosmos. Lo que no ha perdido es su capacidad para explicar las conductas de los seres humanos. Y en el siglo XX explicar esos comportamientos ha sido trabajo de muchos. Entre otros, del novelista francés Michel Tournier, que en sus tres primeras novelas releyó, entroncando con la tradición más clásica, los mitos de Robinson Crusoe, el Ogro y los Gemelos. Se convirtió en un escritor totémico para la cultura francesa. Ahora, a los 87 y años y tras dejar la Academia Goncourt, ve pasar desde su atalaya la vida literaria.

En “Viernes o los limbos del Pacífico” y “El rey de los alisos” se fusionó, extrañamente, la calidad literaria con las ventas masivas (alrededor de siete millones de ejemplares entre ambos). El primero es el libro ideal para aprender francés si se tienen unas pocas nociones y una edad comprendida entre los 13 y los 18 años. Tournier expurga en buena medida el “Robinson Crusoe” de Defoe (que es muy entretenido cuando uno se salta los pasajes estrictamente presbiterianos y toda la segunda parte) y consigue reconstruir la relación entre el náufrago y la naturaleza que le rodea. Robinson siempre ha sido símbolo de cómo la sociedad ha moldeado al hombre. Aquí, Robinson se ve abocado a fundirse con el alma de la tierra que lo rodea.

El segundo no es especialmente recomendable para estómagos sensibles. Tiffauges, el protagonista, es un tipo siniestro, atrofiado por una educación digna de una infancia irlandesa católica (Frank McCourt dixit). Como ogro figurado que es, entra en contacto con otros de su tribu. Y sus actos de inmolación, que transforman al Ogro en San Cristóbal, se enmarcan en una prosa compleja y un simbolismo que no creo, francamente, que estuviese demasiado al alcance de la comprensión de los cuatro millones de franceses que compraron la obra.

Cierra la trilogía “Los meteoros”, una obra mucho más desigual. La provocación que se encontraba en Tiffauges es acentuada por medio de los excursos de Alexandre, defensor de la homosexualidad, una condición que el narrador opone a la complementariedad de los gemelos. Cuando la pareja fraterna se rompe, la obra se convierte en un viaje iniciático cosmopolita para Paul, tras las huellas de su hermano Jean. Un viaje tan largo y complejo como las tres novelas de Tournier, a las que merece la pena prestar mucha atención.

Fútbol: fenómeno cultural

12 de abril de 2012

Hablar de fútbol de un tiempo a esta parte es asunto espinoso. Las trincheras partidistas son cada vez más profundas y la consolidación de un determinado tipo de periodismo, mucho más atento a la opinión banal que al análisis profundo, ha exacerbado el forofismo de los aficionados, que somos maniqueos casi por obligación.

Como respuesta a esta forma exagerada de ver el fútbol está, como casi siempre, la lectura. Nada mejor para buscar los ya mentados análisis que los libros sobre fútbol. En España no hay muchos de calidad: abundan las hagiografías que presentan a Mourinho como un gurú a la altura de John Wooden o a Messi como un tipo que en cualquier momento será arrebatado de la tierra por un carro celestial, como el profeta Elías. Por fortuna, en los últimos tiempos se han recuperado libros que, aunque no son precisamente novedades, nos muestran el deporte como un campo abonado para el estudio y la reflexión. Es el caso de “Fútbol contra el enemigo”, de Simon Kuper, publicado por la Editorial Contra.

Antes de seguir con una pequeña revisión del libro conviene hacer una acotación: aquí no se habla de Messi, ni de Cristiano Ronaldo ni de nada por el estilo. El libro tiene como fecha límite el mundial de USA, celebrado en 1994. Esto significa que, para entenderlo en toda su dimensión, es necesario estar al tanto del fútbol de los 80 o documentarse un poco sobre él en algún otro libro de historia (que los hay. Yo re comiendo “The ball is round”).

Kuper escapa de manera perfecta de uno de los grandes vicios del análisis deportivo contemporáneo: el etnocentrismo. El mundo no se acaba en Europa y Sudamérica. Y, dentro de Europa, hay fenómenos más significativos que la rivalidad entre Milan e Inter o el hooliganismo en Gran Bretaña. Esta obra sale de los márgenes del 105×60, incluso de los muros de los estadios, y muestra el fútbol como un fenómeno sociológico en torno al que se estructuran conductas que también tienen su manifestación en la política, la religión o el crimen.

De todas las personas que conozco creo que solo hay una que sepa a estas alturas quién era Mo Johnston a finales de los 80 y principios de los 90 (es el periodista Emilio González, idólatra del buen fútbol inglés). Él es la esencia de este libro: un jugador que representa un estado de excepción en el que el fútbol tiene su parte. Johnston se convirtió, en 1989, en el primer jugador declaradamente católico en militar en el Rangers. De nada sirvió que su entrenador explicase que le importaba un bledo cómo Johnston entendía la Santísima Trinidad o la salvación mientras metiese goles. Hubo disturbios ese año en Escocia y en Ulster y muchos aficionados del Rangers devolvieron sus abonos.

Es una de las historias de Kuper, una muestra de su habilidad para estar en contacto con la situación y mostrarla de manera periodísticamente objetiva y al mismo tiempo, apasionada. Viajero incansable en una época convulsa, en sus páginas podemos ver la caída del Telón de Acero, el ascenso de poderes oscuros en el espacio post-soviético, la vinculación entre el Barcelona y el nacionalismo o la esperanza de la reconciliación en Sudáfrica de la mano del fútbol. Un mosaico de todo lo que el deporte significa para las más diversas sociedades. Un factor de unión, una parte de la cultura, entendida en amplio sentido, del siglo XX y del siglo XXI.

Buscar la solución

19 de marzo de 2012

Hay cosas que a uno lo convierten en “viejuno”, como diría Joaquín Reyes. En mi caso una de ellas es el hecho de que me guste “Doctor en Alaska”, serie mítica de los 90, cuando uno empezaba a trasnochar e intentaba cazar (sin éxito) esos capítulos de los que mucha gente inteligente hablaba. Por suerte, pasados los años, pude verla y disfrutarla entera, incluida la infame sexta temporada. Mi personaje favorito es Chris de la Mañana. Y uno de los personajes favoritos de Chris es Henry David Thoreau, el hombre de Walden.

Thoreau era un discípulo del transcendentalista Ralph Waldo Emerson que, en un momento dado, decidió demostrar que el hombre podía volver a la naturaleza. Así que decidió retirarse al pueblo de Walden, cerca de Harvard, y convertirse en un ser autárquico. En realidad, escribió una obra excelente, plena de amor por la naturaleza y cuya teoría funciona muy bien, pero le tomó el pelo a todo el mundo porque cada cierto tiempo pasaba por Concord a comprar lo más necesario. A pesar de la trampa, dio carta de naturaleza al ecologismo y sentó las bases de una idea: la de que el bienestar humano no solo pasa por la continua producción de bienes sino por el control en el consumo de lo ya producido. De ahí a la economía del estado estacionario de Mill, un paso.

Las ideas de Thoreau crearon lo que podría llamarse una “periferia consolidada” dentro del sistema económico norteamericano. Había un centro: el del fordismo y el taylorismo, el de los magnates (de Vanderbilt a Pierpont Morgan) y la producción desenfrenada de materias primas y bienes de consumo. Pero también estaba Thorstein Veblen, explicándole al mundo “La teoría de la clase ociosa”, es decir, por qué los ricos encuentran interesante un campo de golf. Una vez pasada la Segunda Guerra Mundial, el dominio estadounidense se consolidó, pero todavía existían voces de la conciencia económica en la línea de Thoreau. La más poderosa, la de John Kenneth Galbraith, cuya obra “La sociedad opulenta” reedita ahora, en formato bolsillo, Espasa en la clásica colección Austral.

Galbraith fue a la economía lo que Hawking, actualmente, a la ciencia. Un académico brillante y un divulgador de primera, hasta el punto que una recopilación de sus obras ha sido publicada por la “Library of America”. Galbraith no ganó el Nobel, pero plantó la semilla para que lo ganasen Stiglitz o Krugman. Y con la crisis actual, parece claro que Milton Friedman, el ultraliberalismo, el control de la economía por medio de la política monetaria y, en general, lo que se conoció como “Reaganomics”, han muerto o están agonizando.

“La sociedad opulenta” es un libro difícil de valorar fuera de su contexto. A finales de los 50 la General Motors era una empresa mastodóntica (para saber en qué se convirtió años después, véase el documental de Moore “Roger and me”), el barril de crudo estaba por debajo del cinco dólares el barril (ni existía la OPEP) y los economistas tenían pavor al aumento de la inflación motivado por las políticas que conducirían a un idílico pleno empleo. Galbraith no escapa a estos factores, pero es consciente tanto de las desigualdades generales del sistema una vez abolido de facto el keynesianismo como de futuros riesgos, como el cambio climático. Y, filosóficamente, su libro aporta dos principios que me parecen insoslayables en 2012: porque exista la opulencia no debemos olvidar al excluido de ella; y no debemos generar nuevas doctrinas económicas que sostengan a posteriori la desigualdad. Los ricos eran cada día más ricos en 1960. Ahora, también. Cabe reflexionar sobre el modelo que ha hecho posible que esto no haya cambiado en cincuenta años.

Peligro: alcohol

19 de marzo de 2012

Dice Shakespeare en “Otelo” sobre el bebedor: “Antes un hombre sensato, poco a poco un loco, en estos momentos una bestia”. La cita es conocida para muchos no por culpa del bardo de Stratford sino por su uso en “Los Simpsons”, puesta en boca del sin par Barney Gumble. Precisamente la serie creada por Matt Groening ofrece un buen punto de partida para analizar la relación entre los americanos y el alcohol, en especial si tomamos como referencias a Homer Simpson y cierto capítulo en el que se mezclan el día de San Patricio, festividad espirituosa do las haya, y la aplicación de la Ley Seca en Springfield.

Les cuento todo esto para situarlos en un marco adecuado para entender la recomendación semanal. Se trata de “Franklin Evans, el borracho”, de Walt Whitman, y lo publica la editorial Cátedra. Esperen un momento. ¿Walt Whitman? ¿El mejor poeta americano, autor de “Hojas de hierba”, con una novela de tema tan prosaico como el alcohol? Pues sí. Y resulta bastante lamentable, aunque no extraño si tenemos en cuenta que Whitman es una referencia para todos aquellos que sostienen que la inspiración existe. Como si de un Ión platónico se tratase, Whitman era un mediocre escritor que se transformó en La Voz Poética (La Voz Musical sigue siendo Sinatra). La inspiración llegó, le hizo escribir un libro excelente, le mandó un dramático mensaje de despedida en forma del poema “Goodbye my fancy” y le abandonó de manera miserable. “Franklin Evans” es de 1842, y no vale nada; “Hojas de hierba”, es de 1855, y es una genialidad; “Specimen Days” es de 1882 y prefiero ahorrarme adjetivos negativos.

La obra se enmarca dentro de lo que se conoce como “ficción antialcohólica”, una aportación de la literatura a la reforma de las costumbres que se estaba llevando a cabo en los Estados Unidos una vez pasada la época inmediatamente posterior a la Independencia y justo antes de que el Sur se levantase en armas para defender la esclavitud, en 1861. El profundo arraigo en la cultura norteamericana del legado puritano hace que este reformismo surja y resurja de manera periódica.

“Franklin Evans” resulta una novela sobre la que es difícil hacer un análisis en profundidad. Narrativamente no tiene gran interés, si exceptuamos un par de relatos dentro del relato que refuerzan las tesis centrales. El protagonista es esquemático, como corresponde a una novela de tesis. Es evidente que tiene problemas con el principio de responsabilidad, tendencia a revolcarse como el cerdo de la piara de Epicuro y (cómo no) cierto propósito de enmienda que le lleva a corregirse a marchas forzadas. En una construcción narrativa que firmaría mi abuela María (o cualquier otra abuela gallega), aparecen las malas compañías, el amigo que permanece fiel a pesar de los deslices del protagonista, los hurtos y pequeños pecados asociados a los vapores alcohólicos y los líos de faldas, agravados en este caso por la cuestión racial. El protagonista tiene incluso su ramalazo heroico, lo cual me recuerda que quizás sea hora de sacar un rato para leer la biografía de Henri Charriere, paradigma a la francesa del chico malo de buen corazón.

El alcohol y la literatura han tenido una relación estrecha, desde el báquico espíritu del vino hasta los excesos de un Hemingway o un Bukowski. Como tema literario, se echa de menos a un Dostoyevski, que hizo una obra de arte literaria del vicio de jugar. ¿Cabe conformarse con Whitman? Si es como anécdota, sí. De lo contrario, mejor viajar hacia las “Hojas de hierba” y disfrutar de un verdadero goce estético.

Filósofos y mesiánicos

7 de marzo de 2012

Queridos lectores: ¿a que ninguno de ustedes se ha parado a pensar cuántos judíos salieron de Egipto y recibieron a Moisés cuando bajó del Sinaí con las tablas de la Ley en la mano? Yo tampoco, lo admito. Pero siempre hay alguien que ha especulado sobre las cosas más insospechadas. En este caso un talmudista al que conocemos a través de Emmanuel Levinas. Eran 603.550, ni más ni menos. No quiero ni imaginarme las lluvias de maná que habría para alimentarlos ni sé si la cuenta se hizo antes o después del incidente del becerro de oro que supuso la desaparición de una buena cantidad de impíos en las entrañas del desierto. En todo caso, la anécdota sirve para ilustrar el grado de especulación al que la cultura judía se ha sometido desde hace milenios.

Pierre Bouretz ha escrito una especie de manual de la filosofía judía del siglo XX, centrado en la cuestión del mesianismo pero que abarca muchas más cuestiones. Ahora lo publica la editorial Trotta en una esmerada traducción que incluye un monstruoso aparato de notas que ayuda a moverse por tan complejo universo cultural. Porque España, Sefarad, es patria espiritual del judaísmo y sin embargo ese mundo nos es completamente ajeno. Al mismo tiempo que en la Provenza y en Girona se inventaba el concepto actual de amor-pasión (les recomiendo con toda mi pasión “Los trovadores” de Martín de Riquer), los judíos del lugar creaban la Cábala, el verdadero abc de la mística judía. Maimónides era cordobés e Itzhak Baer escribió una obra sobre la expulsión de 1492 que debería ser de obligada lectura para los (escasos) estudiantes de Historia.

El centro de la obra es, sin duda, el desarrollo filosófico del judaísmo alemán en sus distintas vertientes, en la época de la encrucijada entre la Emancipación, la Asimilación y el Sionismo, tres movimientos que sirvieron de prólogo al Holocausto. El lector español se pierde por la base: Hermann Cohen y Franz Rosenzweig son dos autores apenas conocidos incluso para los más versados. No obstante, Bouretz sabe hacer llegar el intento de fusión del neokantismo con la fe judía de uno y la teoría de la Redención y el mesianismo en el otro. En otros casos los autores son más conocidos pero no por su dimensión judaica. Walter Benjamin es estudiado en literatura por sus teorías acerca del aura en la obra de arte e incluso ha llegado a los semanales por su dramática muerte en Port Bou, con claros paralelos con la de Antonio Machado. Leo Strauss es el padre de la escuela política de Chicago, fuente del liberalismo político que se asocia a Friedman y los neocón.

Bouretz y los editores españoles han tratado bastante mejor a Gershom Scholem y Martin Buber. El capítulo que el autor dedica a Scholem es excelente: historiando al historiador. Se repasan su influyente personalidad, la Cábala y episodios históricos como el de Sabbatai Zvi que Scholem investigó (e I. B. Singer noveló en la excelente “Satán en Goray”). El cierre, con las últimas palabras del libro clave de Scholem, “Las corrientes de la mística judía”, es simplemente antológico. Martin Buber es protagonista de un capítulo necesariamente complejo, como el mismo autor, pegado a un humanismo de raíz religiosa con poderosos matices políticos. Porque el sionismo de Buber, apuesta por la convivencia con los árabes, demuestra una pluralidad en la sociedad israelí que no parece haber germinado aún a día de hoy.

Y para cierre, el ya citado Levinas. Para José Antonio Marina, el mayor filósofo de posguerra. Su vida alcanzó hasta 1995 pero sus ideas beben de Husserl y Heidegger. ¿Hay lugar en nuestro mundo para la fenomenología? No lo sé. Lo que sí parece claro es que hay lugar para el mesianismo, cultural y religioso. Lo que parece difícil es que el Mesías que reste autoridad a Reb Hillel aparezca mañana.

El fuego y las brasas

1 de marzo de 2012

En la historia ha habido pocas cosas, quizás ninguna, peores que ser judío del Este de Europa en el año 1940. Por una parte comenzaba el exterminio sistemático por parte de los alemanes, por otra el sanguinario Stalin tomaba medidas antisemitas menos contundentes y conocidas pero que costaron la vida, entre otros, al que podemos considerar junto a Kafka el mejor escritor judío que ha hollado la faz de la tierra. Me refiero a Isaak Babel. Este maravilloso creador de cuentos tuvo una influencia personal y literaria muy importante sobre Ilya Ehrenburg, bandera del Deshielo soviético. Ehrenburg sabía que su amigo y maestro había sido aniquilado por órdenes de Stalin. No obstante, no dudó a la hora de ensalzarlo continuamente, junto al resto del Ejército Rojo, en su “Libro negro”, obra que coordinó junto al ahora famoso Vasili Grossman, y que relata con todo detalle el Holocausto gracias a los testimonios de los supervivientes. Este manual del terror es ahora publicado por Galaxia Gutenberg.

Yo me emociono cada vez que me pongo a ver “Shoah”, la película de Claude Lanzmann. En ella se juntan figuras de la relevancia de Raül Hilberg y Jan Karski, supervivientes como el cantor Simon Srebnik (que muestra lo necesaria que es la historia cuando enseña lo que fue el campo de Chelmno convertido en un precioso pinar rodeados de prados que para sí querría cualquier habitante de Soñar o Carballal) y monstruos como Franz Suchomel, que cuenta con el dudoso honor de aparecer tanto en la cinta de Lanzmann como citado en la descripción de Treblinka que hacen Grossman y Ehrenburg.

“El libro negro” tuvo una historia editorial azarosa que sostiene el argumento que hemos presentado desde el mismo título: los judíos encontraron en los alemanes a sus verdugos y en muchos rusos a un silente cómplice. El Gobierno soviético impidió que se publicasen fragmentos del libro que servían para denunciar los pogromos y bloqueó toda posibilidad de que la obra completa saliese a la luz. Solo en 1980, y gracias a los esfuerzos del centro Yad Vashem, se pudo conocer el material recopilado por los autores.

Un aspecto que resulta especialmente interesante de los testimonios recopilados es el hecho de que la mayor parte de ellos no estén asociados a los grandes campos de concentración. Podrá parecer paradójico, pero es cierto que Auschwitz o Treblinka han atraído las miradas de historiadores o escritores de forma magnética. La estadística tiene mucho que ver en esto: por el complejo de cuatro campos que genéricamente se conoce como Auschwitz pasaron millones de personas, mientras que por campos de Bielorrusia o Lituania –escalofriantemente descritos en la obra por multitud de testigos– pasaron miles. Además, los fines asesinos del campo cercano a Katowice se entremezclaban con las tareas de la IG Farben en el procesamiento de caucho. Sin embargo, lo que sucedía en el bosque Bikernieki, en Letonia, era una pura y simple matanza de la que apenas salieron con vida decenas de personas. Sobre los huesos de los revolucionarios de 1905 y de los soviéticos que pelearon en los años 20 en la Guerra Civil rusa se amontonaron los de miles de judíos. Solo los que optaron por una fuga y una enorme cantidad de penurias pudieron contarlo.

Por suerte, el arte puede con todo y la historia también. Dos artistas dieron forma a los testimonios de los supervivientes. Un tercero, Shostakovich, escribió años después una sinfonía sobre Babi Yar y el antisemitismo. Ese barranco a las afueras de Kiev es, en verdad, el horror puro: el lugar donde los cadáveres levantaban la misma tierra que los cubría.

El crítico canónico

23 de febrero de 2012

Harold Bloom camina hacia los 82 años, ha pasado, según tengo entendido, por tres bypass coronarios y, a la vista de sus últimas imágenes, parece difícil que alcance siquiera el cuarto. En el mundillo teórico no está demasiado bien visto; en realidad recibe más palos que una estera. Cuando se pusieron de moda los postcoloniales, las feministas y demás fauna que buscaba transitar desde la periferia del sistema a su centro, reaccionó con cajas (literarias) destempladas y se ganó odios por todos lados. Ahora, con la teoría literaria inmersa en el proceso de convertirse en una construcción edificada sobre otras construcciones, no le va mucho mejor. Y a mí ya me pueden ir llamando carca pero me alineo con este buen hombre a la hora de demandar que mis estimados alumnos (pasados, presentes y futuros) se dejen de zarandajas y lean a Shakespeare en lugar de aprender futilidades sobre ecofeminismo o literatura de negros homosexuales en Mozambique (así, a voleo).

Como Bloom no deja indiferente a nadie y es muy aficionado a las listas y al “este es mejor que aquel”, sus libros suelen venderse bien para lo que se estila en un crítico. De hecho, las editoriales publican algunos libros con serias taras. Es el caso de “Novelas y novelistas”, editado por Páginas de Espuma. Los fallos no vienen por parte del crítico (a pesar de que cometa el pecado imperdonable de llamar a Aliosha, protagonista de “Los hermanos Karamazov”, por el nombre de su maestro, Zósima), ni por el traductor, que además ha trabajado denodadamente para encontrar ediciones en español de las que extraer buenas traducciones de los múltiples fragmentos que Bloom cita. El problema con el que se encuentra el atento lector es que buena parte del libro fue escrito a mediados de los años ochenta. Esto, obviamente, no afecta a lo que el autor pueda opinar sobre Cervantes o Kafka (el mejor artículo del libro, un gnóstico judío destripando a otro), pero sí (y dramáticamente) a lo que dice sobre Saramago o Toni Morrison antes de que ganasen sus Premios Nobel. O peor aún: se da la circunstancia de que en varias ocasiones se cite la novela Mason & Dixon de Thomas Pynchon… y que en la página 866 se hable de ella como una obra por escribir cuyo título quizás sea La línea Mason-Dixon.

Por sin estos fallos no fuesen suficientes, Harold Bloom contribuye con sus obsesiones. Sobre 350 páginas se dedican a la novela hasta el siglo XX, sobre 500 al siglo pasado con una especial atención a la narrativa norteamericana. No hay espacio para Melville, Proust ni Joyce porque, teóricamente, sus obras pertenecen al ámbito de la épica (en realidad, si el “Ulysses” no la novela fundamental del siglo XX, que baje el Dios de las Letras y lo vea). No está muy claro que Anthony Burgess sea mejor novelista que Alejo Carpentier o James Baldwin más interesante que Claude Simon. De hecho, a William Gaddis no lo conoce “nadie” y es prácticamente un contemporáneo de Alexander Solzhenytsin. Es el mismo defecto que afeaba la polémica lista final de “El canon occidental” y que le granjeó odios cainitas por todo el mundo.

Después de todo esto, y mientras llegamos al final, me preguntarán: si este libro tiene semejantes fallas, ¿cómo se atreve a recomendarlo desde esta atalaya? Pues porque el panorama de Bloom ofrece muchos colores, algunos ignorados en España y en el resto de Europa. Porque su perspicacia y sus argumentaciones podrían convencer, cara a cara, hasta al más recalcitrante representante de los “Estudios Culturales”. Y porque es un hombre que, a pesar de sus errores, transmite una pasión desbordante por el hecho literario, contagia voracidad en la lectura y en el conocimiento. No sobran esas cualidades en el mundo crítico actual.